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En busca de Quinas: relato de un viajero a otro viajero

Trabajo y técnica 1873-01-11 San Agustín, Huila, Colombia Tomo VIII
El Sr. González, que contará a la sazón unos 35 años, es de una constitución atlética, de una actividad infatigable y de un valor que raya en lo temerario. Amigo de aventuras desde la niñez, ha amado siempre la vida de los bosques; desertó del colegio y de la casa paterna cuando apenas rayaba en la pubertad, y merced a las continuas revueltas políticas del país, ha sido siempre uno de los primeros guerrilleros que se han presentado en campaña, influyendo algunas veces su valor en el éxito de estas contiendas, en las cuales llegó a alcanzar el grado de Capitán, cosa que de nada le sirve, como sucede a otros muchos de estos militares improvisados. Esta inclinación a la vida aventurera le ha hecho por último fijarse en la ocupación que hoy tiene, de extractor de quinas, y hace con sus peones frecuentes entradas a las montañas, descalzo como ellos, y expuesto a los mismos peligros y privaciones.

He aquí la relación sencilla que escuché de sus labios, y que transcribo, casi en la misma forma que él me la refirió, en presencia de otros amigos, que de cuando en cuando añadían por paréntesis algún detalle, que habían tenido ocasión de escuchar a algún otro de los actores, y que el narrador suprimía por modestia.

"Hice, dijo, una entrada en la montaña por el mes de Agosto de 1870, acompañado de cinco peones, con el objeto de buscar quinas. La entrada fue por Guadalupe, y sólo llevábamos víveres para quince días. Como no llevábamos brújula, sólo nos guiábamos por los cerros y por el sol. Seguimos como ocho días la dirección de Oriente, y empleamos cuatro más en explorar ciertos bosques donde creíamos encontrar los árboles que buscábamos. No habiéndolos encontrado, sino en pequeñas cantidades, resolvimos pasar a otro ramal de la cordillera, que se veía a no mucha distancia, donde la selva por su elevación prometía mejor éxito en la empresa. Allí sufrimos otro desengaño; y como ya la montaña empezaba a descender y a hacerse muy elevada la temperatura, por lo cual era inútil seguir buscando, determinamos abandonarla. Nos hallábamos a la sazón a la orilla de un río llamado Orteguaza, que entonces nos era desconocido. En la necesidad de salir en poco tiempo a país habitado, para hacer provisión de víveres; siendo imposible volver atrás, por lo largo del camino, y quedándonos alimentos para tres o cuatro días, y oyendo asegurar a uno de los peones que siguiendo aquel río aguas abajo, llegaríamos en tres o cuatro días a lo sumo a una ranchería que lleva el nombre de Los Canelos, acordamos por unanimidad seguir aquel rumbo.

Tomamos, pues, la orilla del río, a cuyas aguas no podíamos confiarnos construyendo una balsa, por ser su corriente muy impetuosa y ser todo chorreras que corrían entre peñascales. Acortando la ración cuanto fue posible, los víveres nos duraron otros quince días, al cabo de los cuales nos encontramos sin otros recursos que los que naturalmente nos ofrecía el bosque, donde por fortuna abundaban las palmeras. Como nos era imposible seguir siempre la orilla del río, por causa de los barzales y las peñas, trepábamos por las cuchillas menos fragosas, y para no perder la dirección, volvíamos a bajar a la orilla del río.

A los tres días de alimentarnos con los frutos y cogollos de las palmeras, caí enfermo y conmigo dos peones, pero continuamos con la esperanza de llegar pronto a país habitado, aunque fuera por indios salvajes. A veces acechábamos a las nutrias, para disputarles los restos de algún pescado que estaban comiéndose a la orilla.
Pasábamos las noches en ranchos improvisados con hojas de palmera, encendiendo lumbre para secar la ropa, empapada por la lluvia, que casi era continua, y para ahuyentar las fieras, teniendo por único lecho nuestras capas de paja.

Peón quinero subiendo la montaña
Tomo VIII
Peón quinero subiendo la montaña
1873-01-10
Gutiérrez de Alba, José María
Acuarela sobre papel blanco
22,9 x 16,6 cm

Al verme enfermo, los peones se insubordinaron y tomaron al azar una dirección distinta de la que hasta allí habíamos seguido.

La trocha, que, con gran trabajo, consiguieron abrir por una cuchilla, los condujo a una gran explanada cubierta de espesísimo bosque, donde era imposible orientarse, porque no había corriente alguna de agua ni se veía el sol. Viéndose allí perdidos, volvieron atrás en mi busca; y aunque yo por mi enfermedad no podía seguirles de cerca, se confiaron de nuevo a mi dirección. Trocharon otra vez por indicación mía hacia la orilla del río, formando con su corriente y las dos trochas un triángulo, y llegando ya de noche a encontrarnos en la dirección primitiva.

A los ocho días de hallarnos sin víveres, dos de los peones estaban tan cansados, que se negaban a caminar, y pareciéndonos ya el río navegable, formamos una balsa de troncos de guarumo, en que los hicimos entrar; pero a poco rato se volcó ésta en una chorrera, y los que íbamos por la orilla tuvimos que ayudarles a salir. Dos días después de esto, y viendo que los dos peones no podían seguir caminando, pues si lo habían hecho en estos dos días, fue por haberles amenazado con que si alguno se quedaba lo mataríamos para alimentarnos los demás, construimos otra nueva balsa, y volvimos a abandonarlos a la corriente del río, previniéndoles que tan pronto como hallasen habitantes procurasen enviar algunos en busca de los que quedábamos en tierra.

Pasábamos las noches en ranchos improvisados con hojas de palmera, encendiendo lumbre para secar la ropa, empapada por la lluvia, que casi era continua, y para ahuyentar las fieras, teniendo por único lecho nuestras capas de paja.

Los de la balsa, que iban con más rapidez, tuvieron que arrimar a la orilla el primer día, para derribar palmas y comer los cogollos. El segundo día encontraron ya algunas matas de plátano, que fue para ellos un gran recurso. Al tercero llegaron a Los Canelos, donde entre algunos indios encontraron al célebre negro Mosquera, que envió dos de los indígenas en una canoa en busca de los cuatro compañeros que quedamos rezagados.

Dos días tardaron en subir los de la canoa, hasta encontrar a los cuatro, que ya habíamos construido una balsa y en ella bogábamos río abajo. Los indios iban tocando una especie de bocina, a la cual contestamos los de la balsa con gritos, hasta que al fin llegaron a encontrarnos. Entonces abandonamos la balsa y entramos con los indios en la canoa. Inmediatamente arribaron a una playa, donde dispusieron una comida compuesta de plátanos, una pava, varios monos, una botella de miel y unas naranjas agrias, de que iban provistos; esmerándose especialmente conmigo, al verme enfermo, y regalándome también una pipa y algunas hojas de tabaco.

Al día siguiente llegamos todos a Los Canelos, donde fuimos recibidos y obsequiados por el negro y los indígenas.

Allí permanecimos cinco días, en los cuales, a fuerza de cuidados, logramos reponernos un poco, y habiendo resuelto volver a salir ya por camino conocido, y teniendo necesidad de víveres, los peones molieron caña para hacer panela, mientras yo bajaba hasta las orillas del Caquetá. Con esta panela, algún maíz, plátanos y arroz, y la carne de un venado que nos regalaron los indios, nos volvimos a poner en marcha, siguiendo el Orteguaza arriba en canoa, y después el río del Hacha , hasta donde era navegable, continuando luego al través de la montaña hasta un lugar llamado El Avispero, por donde salimos a la cuenca del Suaza y al mismo pueblo de Guadalupe, que fue nuestro punto de partida.

Desde el punto de desembarque en el río del Hacha hasta Guadalupe, tardamos siete días. En la ranchería de Los Canelos encontramos al P. Albis, casi tan salvaje ya como los indios, y enfermo de tanta gravedad, que no se cuidaba del mundo civilizado en que antes había vivido, ni nos hizo una sola pregunta para informarse de su familia ni de sus amigos. Por fortuna se salvó después, gracias a los cuidados de los indios, y a los pocos meses pudo salir a tierra civilizada.

Los dos peones que habían bajado enfermos se restablecieron completamente; pero a la vuelta enfermaron otros dos, que murieron poco después de la salida, víctimas de la fiebre, de que pocos de los que entran en estas montañas consiguen librarse".
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