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Las prodigiosas estatuas de San Agustín

Vestigios arqueológicos 1873-01-08 San Agustín, Huila, Colombia Tomo VIII
Como a tres kilómetros del lugar las verdes praderas empiezan a convertirse en elevados y espesos bosques, en su mayor parte de robustos cedros, cuyas capas se levantan a una inmensa altura. Antes de penetrar en estos bosques interminables, se encuentran varias manchas o grupos de árboles, destacados de la misma selva, ocupando ligeros montecillos, al parecer artificiales, bajo cuyas primeras capas se ocultan las portentosas reliquias, de que hace poco tiempo se ha empezado a descubrir una pequeñísima parte, que, no por lo pequeña, deja de ser el asombro y la admiración de los que tienen la fortuna de contemplarlas.

No bien hubimos penetrado en los primeros grupos de árboles, ofreciéronse a nuestras miradas atónitas, entre excavaciones más o menos recientes, numerosos grupos de estatuas, casi todas de tamaño colosal, medio enterradas las unas, caídas las otras sobre las enormes piedras que acaso les sirvieron de pedestales; envueltas las más entre las raíces y hojarasca del bosque, más o menos próximas al hoyo de que fueron desenterradas, y todas cubiertas por una densa capa de musgo, que fue preciso separar para conocer algunos detalles de sus atributos o adornos. Casi todas ellas están fielmente copiadas por D. Manuel Paz, individuo de la Comisión Corográfica que recorrió el país a las órdenes del general Codazzi, por lo cual sólo me propuse reproducir algunas en que había diferencias entre el original y la copia, y cuatro más que habían sido descubiertas en época posterior a la visita de aquella comisión científica.

Estatua N° 1, Plaza de San Agustín
Tomo VIII
Estatua N° 1, Plaza de San Agustín
1873-01-08
Gutiérrez de Alba, José María
Acuarela sobre papel blanco
15,8 x 11,5 cm

Al lado de estas excavaciones veíanse asomar por donde quiera nuevos grupos de figuras, que hasta ahora nadie se ha tomado el trabajo de descubrir; socavones hechos por los buscadores de guacas o tesoros, muchos de los cuales se comunican con huecos subterráneos, formados naturalmente, al caer una sobre otras aquellas enormes masas en el más completo desorden.

Si el gobierno de Colombia destinase anualmente una suma para poner de manifiesto una parte siquiera de los grandes tesoros artísticos que allí se hallan sepultados, formaríase en poco tiempo un gran museo de antigüedades, donde los arqueólogos de todas las naciones, podrían hacer estudios importantísimos para las ciencias.

Ante aquellos monumentos, de una época tan remota como desconocida, y tan desconocida como la raza que dejó en pos de sí tan admirable huella, la imaginación asombrada se confunde; se interroga en vano a aquellas simbólicas y gigantescas figuras, qué pensamiento presidió a la ejecución de sus fantásticas formas, a qué orden de ideas pertenecen los atributos singulares de que se ven adornadas; o qué papel desempeñaron en la atrevida arquitectura de que sus inmensas moles fueron la base o complemento.

Estatuas del Valle de San Agustín N° 2, anverso
Tomo VIII
Estatuas del Valle de San Agustín N° 2, anverso
1873-01-08
Gutiérrez de Alba, José María
Acuarela sobre papel blanco
16,7 x 12,6 cm
 
Si el gobierno de Colombia destinase anualmente una suma para poner de manifiesto una parte siquiera de los grandes tesoros artísticos que allí se hallan sepultados, formaríase en poco tiempo un gran museo de antigüedades, donde los arqueólogos de todas las naciones, podrían hacer estudios importantísimos para las ciencias.

Creo yo que sorprendido Codazzi por las asombrosas estatuas que se presentaron ante sus ojos, y buscando una explicación satisfactoria, tanto a las formas de las figuras como a sus atributos singulares, soltó la rienda a su fecunda imaginación y creó una novela, que no sería del todo inverosímil, si la agrupación de las estatuas se circunscribiese a la reducida parte del valle que él tuvo ocasión de visitar, y no se encontrasen sepultadas, como se han encontrado después, en una extensión asombrosa, que desde luego indica que eran quizás adornos arquitectónicos de la inmensa población que en el valle tuvo su asiento, y que un tremendo cataclismo hizo sin duda desaparecer con sus edificios y los moradores que la habitaban. La circunstancia de encontrarse estos monumentos sepultados todos, y muchos de ellos a una profundidad muy considerable, induce a creer que el cataclismo no pudo ser otro que una inundación de un inmenso volumen de aguas, que permaneciendo durante un largo período en el valle, depositó sobre él, y por consiguiente, sobre las ruinas que por todas partes se descubren, la cantidad suficiente de materiales para formar una densa capa sedimentosa, que a veces se eleva en pequeñas colinas, en los sitios donde fue mayor el hacinamiento de los despojos, como lo acreditan las diferentes excavaciones hasta hoy practicadas.

Otra inducción viene a corroborar también esta hipótesis, y es la del estado de civilización de aquel pueblo, que, poseedor de todo lo necesario para la vida material, levantó por todas parte estatuas para el ornato de sus edificios, ya para conmemorar sus héroes o sus dioses, ya para simbolizar ideas abstractas, lo cual revela aún más desarrollo de inteligencia y mayor suma de adelantos.

En un pueblo en que la estatuaria había llegado a una perfección relativamente tan notable, la arquitectura no podía permanecer en su estado rudimentario, ni por consiguiente más atrasada que el arte llamado siempre a ser su complemento; y nada prueba contra esta aserción, el que hasta ahora no se hayan encontrado ruinas de grandes edificios, que tal vez aparecerán cuando se profundicen más las excavaciones, si no es que los materiales de que se componían fueron más fácilmente diseminados o destruidos por componerse de elementos más frágiles.

Estatuas del Valle de San Agustín N° 3
Tomo VIII
Estatuas del Valle de San Agustín N° 3
1873-01-08
Gutiérrez de Alba, José María
Acuarela sobre papel blanco
13,5 x 8,4 cm

Que estos monumentos no se deben a la nación andaquí, poseedora del terreno en la época de la conquista, pruébalo sobradamente su absoluta ignorancia respecto a obras tan portentosas, que ellos no se hallaban en estado de concebir y mucho menos de ejecutar, por falta absoluta de medios intelectuales y materiales. La raza encontrada en el territorio por los españoles se componía de tribus enteramente salvajes, que vivían casi exclusivamente de los frutos espontáneos del suelo, y no conocían otro ejercicio que el de la guerra, y la pesca y la caza, que de ella eran simulacros. Si hubiesen cultivado de algún modo las artes de la civilización, y principalmente la arquitectura y la escultura, no habrían podido olvidarse tan pronto de las comodidades que éstas les habían proporcionado, y hubieran llevado a los bosques la necesidad de construir viviendas, ya que no sólidas a lo menos capaces de proporcionarles ciertas comodidades, de que los hechos demuestran que jamás se cuidaron. Además de esto, la ejecución material de las estatuas supone el empleo de instrumentos más perfectos y duros que los manejados por las tribus bárbaras; y estos instrumentos, una vez adquiridos, y empezados a usar, se perpetúan de generación en generación, cuando la serie de éstas no se interrumpe por una causa súbita e inesperada.

La analogía que se observa entre algunas de estas figuras, y las que nos quedan de las antigüedades egipcias, obligan a fijar la imaginación en las probabilidades de haber sido poblado el nuevo continente por el estrecho de Bering con individuos de la raza mongola, o quizás en sentido contrario; porque los caracteres típicos de aquella se conservan aún con mucha pureza en la mayor parte de las tribus indígenas americanas.

De cualquier modo, los monumentos sepultados en el valle de San Agustín, volvemos a repetirlo, son de una época sumamente remota; la raza que los ejecutó debió desaparecer hace muchos siglos; y si los andaquíes y demás tribus que vinieron después a poblar el territorio, tuvieron alguna noticia de estos restos admirables de otra civilización y de otros hombres, no les dieron importancia alguna, porque no se hallaban en estado de comprenderlos.

Terminada nuestra excursión, a la caída de la tarde regresamos al pueblo, por el mismo camino, y tuvimos ocasión de observar dos cosas notables: la primera, que en todas las colinas de que el valle se encuentra rodeado, quedan aún señales visibles de haber estado en época no muy remota dividido el terreno en porciones regulares y simétricas, cuyos linderos no se han borrado del todo, a pesar del tiempo transcurrido; y la segunda, que se hallan todavía en ciertos parajes fragmentos de loza o barro cocido, en tan gran abundancia, que forman montecillos de centenares de metros de extensión, en que las capas son de una densidad muy considerable; prueba del larguísimo período en que los trabajos de alfarería existieron allí en muy grande escala, lo cual no pudo tampoco suceder durante la dominación de los andaquíes, tanto por la profundidad a que se hallan sepultados muchos de estos fragmentos, cuanto porque las tribus de esta raza tenían más inclinación a la vida nómada y errante que a la permanencia en un solo lugar y a las pacíficas costumbres de un pueblo fijo y sedentario.
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