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Un viajero muy particular, mi perro Bogotá

Fauna 1871-02-14 Llanos Orientales, Meta, Colombia Tomo V
(4 de enero)
Despedimos allí el carruaje; cargáronse mis mulas; la Sra. E[stévez] montó uno de mis caballos y yo el otro; el Sr. E[stévez] y su hermana en dos buenas mulas, y salimos los cuatro a galope siguiéndonos los criados con las bestias de carga, mis armas y mi hermoso perro Bogotá, que por primera vez emprendía un largo viaje.

(7 de enero)
Terminado ya el paso de las mulas y cargas, eché de menos la presencia de mi perro, que con el cansancio se había quedado sin duda dormido en la otra orilla. Hice repasar inmediatamente a Gabriel con la orden expresa de no volver a Flandes sin haberlo encontrado. El sr. Cuervo (el sobrino) puso al efecto en juego todos sus recursos, y supimos al fin que Bogotá había aparecido y que lo traería mi criado por la mañana.

salimos los cuatro a galope siguiéndonos los criados con las bestias de carga, mis armas y mi hermoso perro Bogotá, que por primera vez emprendía un largo viaje.

(14 de febrero)
[...] Cuando llegué a donde estaban los peones, pregunté por mi perro Bogotá, que había seguido delante de ellos, y me dijeron que como a una legua de allí se había vuelto sin duda a buscarme, sin que ellos hubieran podido evitarlo. Hice en el acto detener las mulas a la sombra de un bosquecillo, y envié a Liberato en busca del perro, con orden expresa de no volver hasta haberlo encontrado. Allí permanecimos hasta las dos de la tarde, mortificados horriblemente por las nubes de mosquitos; y viendo que Liberato no volvía, me resolví a volver atrás para buscar por mí mismo a mi pobre y fiel compañero. Puse mi mula a galope, y en poco más de una hora llegué al punto donde me había separado del camino. Allí empecé a silbar de la manera que tenía de costumbre para llamarlo, y a los pocos momentos y en dirección a la laguna, oí entre el bosque los lastimeros aullidos que me denunciaron su presencia. Dirigíme hacia allá silbando y temeroso de que no acudiese por hallarse mordido de alguna culebra o herido gravemente por algún tigre; pero mi sorpresa fue en extremo grata al verlo salir jadeante, y casi sin fuerzas del mismo lugar en que yo había estado cazando. El pobre animal había corrido sin duda muchas leguas en aquellas cuatro horas y no se atrevía a separarse por último del lugar en que había encontrado las huellas de su amo, por ser aquél el único punto en que yo había echado pió a tierra para recoger las aves muertas por la mañana. Excuso referir aquí los extremos de cariño que el pobre animal hizo al encontrarme, pues habrá pocos de mis lectores que no las hayan recibido de igual género en circunstancias análogas.

Encontrado mi perro e ignorando hasta dónde hubiese podido ir mi criado en su busca, regresé a donde habían quedado los otros con las cargas, llegando ya cerca del oscurecer al bosquecillo. Miré por todas partes; grité, silbé, disparé algunos tiros; pero sólo me respondió el eco de los bosques y luego todo permaneció alrededor de mí en un silencio absoluto. Atravesé un arroyo en que el bosquecillo terminaba, tendí la vista a uno y otro lado para orientarme sobre el camino que debía seguir; pero la senda se dividía allí en muchos ramales y no sabía por cuál de ellos dirigirme. Lancéme por último a la ventura por el que me pareció más trillado, y cuando ya las sombras de la noche empezaban a extenderse por aquellas soledades inmensas, divisé a lo lejos una ligera columna de humo, que me sirvió de guía para encontrar albergue, como la estrella de Belén sirvió a los reyes orientales para hallar el pesebre que sirvió de cuna al Salvador de los hombres.

Media hora después, algunos perros salieron a recibirme con sus ladridos a larga distancia de la humilde choza; la actitud de mi fiel Bogotá, que se adelantó en mi defensa, les impuso sin duda respeto, porque se volvieron hacia la choza gruñendo sordamente y como pesarosos de no haber podido asustarme ni detenerme. Al llegar a la cerca que rodeaba la cabaña, vi con satisfacción que se hallaban allí también mis mulas y que mis peones salían contentos a recibirme cuando ya no me esperaban.
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