Ciudades y pueblos x
Fauna x
Fiestas y costumbres x
Flora x
Gente x
Geografía x
Medios y modos de viaje x
Trabajo y técnica x
Vestigios Arqueológicos x
Vías de comunicación x
curadurias

De viajero a Padrino de bautismo

Gente 1871-02-08 San Juan de Arama, Meta, Colombia Tomo V
El bueno del Dr. Cuervo, que no había dejado de conversar con los indios, valiéndose de las pocas palabras que de su dialecto comprendía, en lo cual le ayudaba con buena voluntad del taita Joaquín, sirviéndole de intérprete, nos dijo que después de la comida íbamos a presenciar un espectáculo conmovedor, por el cual se mostraba de antemano muy contento: este espectáculo era el bautismo de siete indiecitos de ambos sexos, de tres a siete años, cuyos padres habían consentido ya en someterlos a la ceremonia, no sé si por complacernos, sin comprender su importancia, o indiferentes por un acto que les era de todo punto incomprensible.

A eso de las dos de la tarde, se sirvió la comida, compuesta del pez y las tortugas, pan de cazabe, plátanos asados y algunos bizcochos o galletas, ante lo cual nuestros estómagos, llevados de la necesidad, ni aun trataron siquiera de hacerse melindrosos, aunque el pescado había sido cocido con sus escamas y las tortugas con su piel áspera y rugosa.

Media hora después, el anciano Dr. sacó de una caja que conducía al efecto, una estola y un botecito de cristal con el óleo santo; molióse un poco de sal que fue depositada en una totuma, y otra un poco mayor se trajo llena de agua, que el sacerdote bendijo con las formalidades prescritas por la Iglesia. Entre tanto, yo me dirigí con dos indios jóvenes a un bosque próximo, donde cortamos dos troncos de árboles, que atamos en forma de cruz, valiéndonos de un bejuco, mientras que otros abrían frente al tambo y a corta distancia el agujero en que íbamos a dejar plantada la adorable insignia de la redención de los hombres.

Fija ya la cruz sobre una ligera eminencia del terreno, nos arrodillamos todos, inclusos los indios que nos imitaban, alrededor de ella y se dio principio a la ceremonia. Por indicación del Dr. Cuervo, tocóme ser padrino de tres de las siete criaturas que inconscientemente iban a ingresar en el gremio de la Iglesia Católica; y digo inconscientemente, porque ni ellos ni sus padres sabían entonces ni quizás sabrán nunca la verdadera significación del sacramento que se les administraba. Yo traté de hacer sobre ello al Dr. algunas observaciones, para que meditara si era o no conveniente aquel acto piadoso sin preparación previa y sin instrucción alguna; pero, al ver el entusiasmo de aquel anciano tan noble y bondadoso, que creía ganar nada menos que siete almas para la gloria, preferí mantenerme en una prudente reserva y contribuí gustoso a aquel, sólo para nosotros, solemne acto.

Tocóme, como dije antes, ser padrino de tres de aquellas pobres criaturas, dos varones y una hembra; y consultándome sobre los nombres que habían de llevar, dí para uno de los niños el de mi padre, para el otro el mío propio y para la niña el de mi madre.

Durante el acto, a que no todos los niños se prestaban con buena voluntad, por verse entre personas extrañas, y que los indios contemplaban, poseídos más de curiosidad que de cualquier otro sentimiento, hicimos algunos regalos a nuestros ahijados y a sus padres; les enseñamos, no sin trabajo, a pronunciar los nombres que aquellos acababan de recibir, y solemnizamos el festejo con algunas botellas de aguardiente, que fueron para los indios la cosa más importante de toda aquella ceremonia. Fuimos después juntos a adorar la cruz, con la sencilla fórmula de arrodillarnos ante ella y besarla, imitándonos en todo los indígenas, como verdaderos autómatas, en lo cual el Dr. que es todo lo que se llama un bienaventurado, manifestaba un placer vivísimo y una alegría tan sincera, que concluyó por abrazarme, derramando fervientes lágrimas.
No olvidaré nunca aquellos momentos de piadoso entusiasmo del noble anciano y digno sacerdote; pues si bien me hallaba persuadido de que aquel acto, en el orden regular de las cosas, no podía tener consecuencia alguna buena ni mala para aquellas infelices gentes, no podía menos de entusiasmarme el piadoso celo de aquel ministro del Señor, cuya sencillez candorosa era una de las mejores prendas de su bondadoso carácter.

Tocóme, como dije antes, ser padrino de tres de aquellas pobres criaturas, dos varones y una hembra; y consultándome sobre los nombres que habían de llevar, dí para uno de los niños el de mi padre, para el otro el mío propio y para la niña el de mi madre.

Cuando ya era bien entrada la noche, buscamos todos el descanso en nuestras hamacas, y lo mismo hicieron los indios, después de encender bajo sus chinchorros su acostumbrada hoguera, entregándose indolentemente a las delicias de su vida ordinaria, que consiste en mecerse, viendo subir en espiral las bocanadas de humo de su tabaco. Los placeres de este día sobrepujaban a los de costumbre, porque sus malos tabacos habían sido sustituidos por los nuestros, mucho mejor elaborados y de más exquisito aroma.

Hasta que el sueño nos rindió completamente, estuvimos escuchando, sin comprenderlos, los comentarios que sin duda hacían sobre nuestra visita en su lenguaje gutural, de frases breves y en que usan de muchas consonantes.
Subir
Anterior
Siguiente