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En brazos de Terpsícore

Fiestas y costumbres 1870-03-07 San Juan, Puerto Rico Tomo I
Concluida la cena, se apeló a un medio ingenioso para ayudar a digerirla. Sonó en el piano una alegre danza y todo el mundo se puso en baile, hasta mi respetable amigo Mr. Ball, que sin duda adoptó el recurso como medida higiénica, aunque en los obsequios había sido más afortunado que yo y por consiguiente había comido menos.

Yo permanecía tranquilo fumando, y el dueño de la casa, creyendo sin duda que tomaba aquellos momentos de reposo para disponerme mejor a entrar en danza, vino a sentarse a mi lado y a preguntarme cuál de sus hijas merecería el alto honor de que yo bailase con ella. Aquí fueron mis apuros, para confesar mi completa ineptitud para aquel agradable ejercicio. La incredulidad primero y después el asombro se pintaron en el rostro de mi invitante, que, a pesar de mis protestas, no acababa de comprender cómo un hombre de mis circunstancias podía haber pasado la vida en buena salud, sin tributar alguna vez culto a la divinidad que proporciona a la especie humana sus más inefables goces.

Una fiesta de familia
Tomo I
Una fiesta de familia
1870-03-07
Gutiérrez de Alba, José María
Lápices de color sobre papel gris
15 x 23,7 cm

Yo estaba verdaderamente aturdido, no sabía qué responder a sus fundadísimos cargos; y el buen Pagani se condolía de mi situación de la manera más cordial del mundo. Los brazos de Joaquina se dirigían hacia mí como su mirada incitadora; el ejemplo de todos mis amigos, principalmente el grave y respetuoso inglés, y por último el considerar que aquello podía ser hasta un buen digestivo, me decidieron al fin, y me lancé en brazos de Terpsícore, personificada para mí en una africana de diez y ocho años, y di, danzando con Joaquina, varias vueltas al salón, llevando el compás provocativo y hasta sedicioso. Todos debieron comprender lo que tenía de heroica mi resolución, porque la aplaudieron calorosamente y sin reserva. Sólo yo, al retirarme a mi asiento, sentí una especie de rubor, como si hubiese cometido alguna falta grave, y es que la virginidad, de cualquier género que sea, no se pierde nunca sin experimentar remordimientos.

Después de la una de la madrugada nos retiramos al hotel agradecidos en extremo a la cordialidad del señor Pagani y su familia, que no quedaron menos agradecidos que nosotros.

y me lancé en brazos de Terpsícore, personificada para mí en una africana de diez y ocho años
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