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Semblanza del llanero

Gente 1871-02-02 Acacías, Meta, Colombia Tomo V
Varios árboles de café y algunas docenas de matas de tabaco cerca de la casa, uno o dos limoneros y algunos mangos, que además de su abundante y sabroso fruto, dan una apacible y fresca sombra con su verde y tupido follaje, un arrozal, en el cercado que ha recibido ya bastante abono, y algunas redes y anzuelos para la pesca en las lagunas, ríos o arroyos, la lanza para el tigre y la escopeta para ciertos casos, son el complemento de los recursos de que el llanero dispone en las soledades inmensas que le sirven de morada. Con esto y el tasajo de una o dos reses que sacrifican al mes para su familia y sus perros, cuyo número suele ser extraordinario, y que le sirven a un tiempo para la caza y para ayudarle a reunir los ganados esparcidos por la llanura, vive contento y feliz la vida de la naturaleza, sin dar importancia alguna a las graves cuestiones que agitan ese mundo, desconocido para él, que se llama el mundo civilizado.

El llanero, alegre, decidor, generoso y ponderativo, tiene mucho del andaluz, y participa a veces de la ferocidad del salvaje. Galanteador, músico y poeta, lo mismo echa una flor a una mujer que improvisa un romance para cantar sus galerones. En cuanto a bravura, así pelea con el más bravo hasta morir, como acomete a un tigre con su lanza, o atraviesa a caballo o a nado el río más profundo y caudaloso o la más rápida corriente.

vive contento y feliz la vida de la naturaleza, sin dar importancia alguna a las graves cuestiones que agitan ese mundo, desconocido para él, que se llama el mundo civilizado.  

En cuanto al menaje, el del llanero es por demás reducido; pues se compone por lo regular de una mesa toscamente labrada, unos cuantos taburetes con asiento de piel de buey, algunas hamacas de cuerda, varios zurrones o saquitos de fique, llamados mochilas, para guardar ciertas menudencias, y un gran mortero hecho de un tronco, para limpiar y moler el arroz, el maíz y la sal, cuando necesita emplearla en esta forma. Con esto, algunas hachas y machetes, varios cuchillos de punta muy afilada y una lanza enastada en un palo largo y duro, para sostener cuerpo a cuerpo sangrientas luchas con el león y el tigre, o dar muerte al oso o la danta, a quien descubren sus perros, tiene completo su mueblaje y su arsenal de guerra. Sus vestidos son tan sencillos como su menaje, y se componen de un pantalón de tela del país, una camisa de algodón, cuyos faldones van siempre volando al aire a guisa de bandera, un sombrero de palma, fabricado a veces por su propia familia, y una ruana o manta de algodón y otra de bayeta para cuando va de viaje.

Llaneros de San Martín
Tomo V
Llaneros de San Martín
1871-02-02
Gutiérrez de Alba, José María
Acuarela sobre papel blanco
15 x 23,7 cm

El de las mujeres se reduce a un vestido corto de percal con volantes, una camiseta bordada de negro o de colores vivos y sombrero y ruana iguales a los que usan los hombres. Tanto ellos como ellas andan siempre descalzos, y sólo alguna vez, cuando tienen que entrar a pie en un monte o matorral espinoso, se adaptan con correas sus quimbas, pedazos de cuero en forma de sandalias, que no siempre les sirven de completa garantía contra las espinas punzantes o la mordedura de las culebras.
Los individuos de ambos sexos montan a caballo con la misma destreza y a horcajadas sobre la silla, según dejo indicado al hablar del valle de Neiva. Las monturas recuerdan por su forma las de los árabes y las que usan los picadores en las plazas de toros, y llevan sólo tres dedos o cuatro metidos en el estribo, que suele ser de aro, dejando el otro o los otros fuera, para que el pie no se corra adelante. Los estribos no son siempre de hierro, pues los usan también de madera, con una prolongación puntiaguda en su parte inferior, para evitar que se enrede el pie en la espesura de los pajonales. El freno suele ser muy lujoso y adornado de chapas de plata de diferentes formas que recuerdan los que usaban nuestros antiguos caballeros. 

En las fiestas populares adornan también sus caballos con una multitud de capsulitas de unos cocos muy pequeños partidos por la mitad, sumamente duros y bastante sonoros, que los indios salvajes, especialmente los camuniguas salen a vender o cambiar en grandes sartas, y a los que dan el nombre de cascabeles. Tanto en las fiestas como en la casa de todo llanero no falta jamás el tiple, a cuyo compás bailan y cantan con verdadero entusiasmo.
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