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Sobrevivir la tempestad

Medios y modos de viaje 1873-03-31 Río Bodoquero, Caquetá, Colombia Tomo IX
Cuando llegamos al indicado lugar, donde se veían aún esparcidos los restos de uno de los ranchos levantados por los quineros para pasar la noche, resolvimos también pernoctar allí, por haber próxima una fuente, y no alcanzarnos el tiempo para adelantar más nuestra jornada.

Formado nuestro rancho, y despachada nuestra comida, se suspendieron las hamacas, y abrigándonos lo mejor posible, nos entregamos al reposo. No duró éste muchas horas, pues a eso de media noche se dejaron oír algunos truenos en confuso rumor, que poco a poco se fue acercando, como precursor de la abundante lluvia que más tarde descargó sobre nosotros con extraordinaria violencia, acompañada de furiosos truenos y de un huracán formidable.

Una tempestad en la cumbre de las cordilleras andinas, cuando por todas partes se extiende la oscuridad de la noche, es capaz de infundir temor en el pecho más alentado: el viento zumba entre las ramas de los árboles con un silbido que se prolonga como el ¡ay! postrero de un moribundo; el relámpago fugaz ilumina por un instante el espacio con su luz siniestra; los truenos retumban con un fragor espantoso, mientras que las ráfagas del huracán desencadenado, tronchan o descuajan de raíz los árboles más corpulentos, dejando por huella de su paso grandes manchas de bosque tendido por tierra, cadáveres de la vegetación que más tarde se encargan de sepultar, convirtiéndolos en humus, el comején o gorgojo por una parte, y por otra la perpetua humedad que acelera la putrefacción, y es el agente más poderoso de que dispone la Naturaleza para regenerar el bosque.

Si por desgracia el viajero se encuentra al paso de una de estas ráfagas, pronto se ve sepultado entre las ruinas del mundo vegetal

Si por desgracia el viajero se encuentra al paso de una de estas ráfagas, pronto se ve sepultado entre las ruinas del mundo vegetal, donde ni aun siquiera pueden escucharse los gritos de su agonía, apagados por el violento rugido del huracán, y por el chasquido continuo de los troncos y ramas, que, al caer, se rompen en mil pedazos bajo el enorme peso de los otros árboles que los arrastran en su caída.

La Providencia sin duda apartó de nosotros tan horrible catástrofe, y aunque algunas ráfagas pasaron muy cerca, según los destrozos que pudimos observar más tarde, el lugar de nuestro albergue quedó incólume, por cuyo beneficio elevamos al cielo nuestras preces, según la manera especial de comprender a Dios, propia de cada uno de los que allí nos encontrábamos.
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