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Los indios y el gobierno republicano

Gente 1873-03-04 Caquetá, Colombia Tomo IX
Recepción oficial entre los indios
Tomo IX
Recepción oficial entre los indios
1873-02-24
Gutiérrez de Alba, José María
Acuarela sobre papel gris
18,2 x 25,7 cm

Los desventurados indios, cuya condición durante el régimen colonial tanto se lamenta, son hoy tratados con una dureza infinitamente mayor por los que se llaman sus libertadores. El indio, en aquellos tiempos tan calumniados, estaba sometido a la autoridad casi siempre paternal de los misioneros; las autoridades civiles no intervenían en sus asuntos, sino para proporcionarles medios de mejorar su condición, y ellos nombraban en sus propias tribus sus jefes o capitanes. Hoy la administración republicana, que tanto decanta su protección a los derechos del hombre, ha lanzado sobre ellos, como otras tantas aves de rapiña, y bajo la ridícula mescolanza de nombres franceses y españoles, prefectos, corregidores y comisarios, que les obligan a aceptar las condiciones de contratos leoninos con los cuales se enriquecen a su costa, vendiéndoles por ciento lo que vale uno; haciéndoles aprontar el precio, ya en oro del que recogen en las arenas de sus ríos, ya en los productos de sus bosques, que acopian con sumo trabajo; y esto, sin permitir, sino en casos muy raros, la competencia de otros negociantes, a quienes hacen salir del territorio con cualquier pretexto, cuando los perjudican con sus operaciones, o se niegan a satisfacer las exigencias que con ellos se tienen.

Indios tamas (padre e hijo) del río Caguán
Tomo IX
Indios tamas (padre e hijo) del río Caguán
1873-02-26
Gutiérrez de Alba, José María
Acuarela sobre papel blanco
24,2 x 15,2 cm

Todo el que ejerce algún cargo público, inclusos los pastores de almas, se creen autorizados para disponer a su antojo de los indígenas y de cuanto a ellos pertenece. Ya el Prefecto hace subir hasta Mocoa, que es la capital, con el pretexto de prestar una declaración sobre el asunto menos importante, a varios indios de los que habitan en las márgenes del Aguarico u otros ríos, separados por quince o veinte días de navegación en canoa; y allí, bajo la amenaza de encarcelarlos, si no se avienen a cumplir las órdenes de su protector, éste les encarga la venta, entre su tribu y las otras más próximas, de los artículos de comercio de que dispone, obligándoles a tener reunido el precio exorbitante que por ellos pide, en tal o cual especie, para el día de la visita. Ya el Corregidor, el Comisario, o el Padre (que así llaman a sus curas), necesitan trasladarse de un lugar a otro, o conducir sus mercancías, y embargan como acémilas los indios que mejor les parece, para que gratuitamente vayan a prestarles este servicio. El indígena, por naturaleza indolente y perezoso, tiembla al ver llegar a sus hogares un blanco o racional, como ellos los llaman; y muchas tribus se conservan aún en una independencia feroz, sólo por libertarse de la esclavitud que pesa sobre las ya en parte reducidas.

Todo el que ejerce algún cargo público, inclusos los pastores de almas, se creen autorizados para disponer a su antojo de los indígenas y de cuanto a ellos pertenece.

Si el gobierno de la república no toma a este respecto medidas enérgicas, impidiendo a todo trance que las autoridades del territorio comercien con los indígenas, abusando de ellos, la civilización de sus tribus se hará cada vez más difícil, y estas regiones, de una feracidad asombrosa, continuarán sumidas en su barbarie. Con esto, y con elegir para la administración del territorio personas de inteligencia y moralidad probadas, y no mercaderes hambrientos, como generalmente se eligen por mero padrinazgo, o por compromisos políticos, se podrá conseguir algo de lo mucho que se propala, y la república tendrá siquiera el derecho de comparar en este punto su administración con la de la colonia.
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