¿Cómo se mira un objeto desde el arte? ¿Con qué palabras se describe? ¿Es algo que solo pueden saber los expertos, o es un manejo de emociones e ideas que tenemos todos los seres humanos? Déjate llevar por esta lectura para descubrir mejor el magnífico Pez alado.


Este grácil vuelo de oro fino captura la atención de quienes lo ven el Museo del Oro. Es un ave, a juzgar por las alas, pero tiene las aletas dorsales y la cola de un pez. De éste toma también la figura delgada, el talle casi femenino, y una forma que hubiéramos llamado aerodinámica de no ser porque las alas se proyectan un poco hacia adelante, contradiciendo el movimiento del conjunto. De hecho, es el movimiento y la ausencia de él lo que nos fascina al descubrir esta joya de casi diez centímetros de largo, atrapada en el interior de una vitrina que le sirve de pecera.

Si quienes nos detenemos ante esa vitrina nos diéramos permiso de soñar, por un segundo la pieza sería esa imagen tantas veces repetida de una clavadista olímpica congelada por el flash de las cámaras, en aquel instante en que recién ha abandonado el trampolín batiente y, con un gesto preciso de sus brazos, gira el cuerpo suspendido en el aire para luego dejarlo caer entre las aguas en medio de un sonido perfecto. Un pez, un pez con alas.

Ensimismados, nuestros ojos recorren con delicia la curva del lomo, atrapados en el vaivén entre la cola y la cabeza, intrigados por la doble oposición entre la bifurcación de las alas y la de la cola. La aleta dorsal más alta y curva obliga a la mirada a dirigirse hacia atrás una y otra vez, para que podamos deslizarla de nuevo por ese rodadero esbelto como un suspiro.

Pero de repente nos asalta una sensación de pesadilla: las aletas son ahora garfios agresivos, afilados, enemigos. De hecho, el pez tiene una joroba gruesa y fea y una forma de llevar la cabeza que no nos inspira ninguna confianza. Siempre había estado ahí, resaltada por las líneas grabadas en las alas, pero tan taimada que no la habíamos visto. La boca está llena de dientes. ¡Una pieza con tantas espinas y colmillos no podría generar una sensación agradable!

Y, sin embargo, esos ojos dóciles nos tranquilizan. La expresión del pez alado y su mirada dulce e inocente nos invitan a acariciarlo, aquí, entre ala y aleta. Hasta pronto, pececito, quedamos de amigos. Ah, aquí dicen que tú eres de San Agustín… No te pareces ni cinco a las estatuas.

 
 
 
  
 
   
  
 Soy un sacerdote muisca
Soy un cacique muisca
Somos un hombre y una mujer muiscas
Soy un mercader muisca
Soy un orfebre muisca
La ceremonia de ElDorado
Soy una momia muisca
 
 
 
  
 Avioncitos del Tolima
Para mirarte mejor: el pez alado
 
   
 

 
 
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