Aquí donde me ven, en este museo, soy una verdadera momia muisca. Ya estoy cumpliendo 450 años, si contamos los treinta y nueve que tenía cuando morí.

Mi tío fue un cacique muisca que murió de angustia pocos meses después de la conquista. Yo heredé el cacicazgo, pero ahora mandaba un conquistador, el encomendero. Mi gente fue obligada a trabajar en construir las iglesias de Tunja, en la mita minera y en obrajes de mantas de lana que el amo vendía para las minas de oro de Mariquita. Un fraile dominico nos dio la doctrina de Dios Padre, la santísima Virgen y todos los santos que son de mucha ayuda para las necesidades.

Es que soy un muisca colonial, sumercé. No se me notaría si no estuviera envuelto en la piel de un chivo español. Pero morí y por ser cacique debía ser momificado. A escondidas del cura secaron mi cuerpo cerca al fuego, así, en cuclillas, como nacen los niños a una nueva vida. Las momias de los caciques muiscas se llevaron siempre en andas para ser vistas en las fiestas y guerras, en representación de su pueblo.

Cuando vengas al Museo del Oro, donde estoy, verás que aún soy el representante de todo un pueblo, de una historia que es también parte de tu propia historia.

 
 
 
  
 
   
  
 Soy un sacerdote muisca
Soy un cacique muisca
Somos un hombre y una mujer muiscas
Soy un mercader muisca
Soy un orfebre muisca
La ceremonia de ElDorado
Soy una momia muisca
 
 
 
  
 Avioncitos del Tolima
Para mirarte mejor: el pez alado
 
   
 

 
 
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