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¡Lléveme esta sal bien
blanca, que traje de Zipaquirá y Nemocón, y este
algodón fino, que viene de mano en mano desde el valle
caliente del Chicamocha!
Los
muiscas tenemos muchos días de mercado. Cada cuatro días en Tunja,
de ocho en ocho en Sorocotá, y así en casi todas partes. Siempre
asiste la gente del lugar y mercaderes de pueblos vecinos. Yo voy a Sogamoso y
a cambio de una manta buena me dan por trueque todo el algodón que yo pueda
cargar. Con esa carga, aquí en Duitama tejemos una manta grande bien buena
y cuatro de las comunes. Muchos
pueblos tienen especialidades, como los de olleros y orfebres. Otros aprovechan
tener otro clima, o minas de esmeraldas, o fuentes de sal. Algunos mercaderes
se aventuran en tierras de gentes no muiscas, de donde traen oro y loros para
ofrendar a los dioses. El
trueque no es fácil. ¡Si no fuera por nuestro dios Chibchacún
nos robarían o nos matarían! Por eso el mercado se hace con gran
silencio y ceremonia en un cerro sagrado o en el cercado de un cacique: yo pongo
mis cuatro mantas ahí, y el mercader de Suta pone una ollita y unas batatas
y yucas hasta que a los dos nos parece suficiente. Nos hacemos una venia, ¡y
listo! |