Suaty y Monaya Tiriza nunca imaginaron, al entrar en la caverna del caracol de oro, la aventura que les esperaba...

 
         
     

 
         
         
 
 
   

Suaty ("Alegría-del-Sol”) era un niño muisca que solía jugar en el riachuelo sagrado con su amiguita Monaya Tiriza ("Mujer-que-hace-amanecer”) de la nación Muinane.

Estaban felices salpicándose, cuando tembló la tierra, la corriente se detuvo y el agua pareció esconderse, asustada. La caverna de donde manaba el riachuelo los llamó con un resplandor:

–“Monaya, Suaty, por favor, ayúdenme...” dijo una voz como de enfermo.
–"¿Nosotros?" preguntaron desconcertados.
–“Sí, ustedes, vengan” rogó el resplandor.

Tomados de la mano siguieron corriente arriba y en la penumbra vieron el Caracol Sagrado flotando en el aire. Su luz los envolvió, creció y dio la vuelta para que los niños entraran por su abertura, ahora del tamaño de la cueva misma.

Suaty y Monaya Tiriza estaban asombrados. Al entrar al pasillo interior del caracol, por donde fluía el agua, escucharon su voz pausada. Les dijo que él era la unión entre el mundo de arriba, donde habitaba el Padre Sol, y el mundo de abajo, las entrañas de la Madre Tierra. Les pidió que tocaran sus paredes.

–“¡Cómo tirita!” dijo la niña.
–“Pobrecito, parece que sufriera”, exclamó Suaty.
–“Ayúdenme por favor... la vida está en peligro...” gimió el caracol, quedándose en silencio, como desmayado.

El lugar se oscureció y los niños pensaron en devolverse a la aldea, cuando oyeron un chapoteo, una risa alegre y el rumor de unas alas.

–“No se vayan ¡Ustedes son los únicos que nos pueden ayudar!" ...Era el Pez Alado, que volaba como un colibrí entre el mundo de arriba y el de abajo. "Creemos que lo que sucede tiene mucho que ver con ustedes, los humanos. ¡Vengan conmigo!"

Los guió por un pasillo circular donde había collares, orejeras, narigueras y muchos objetos de oro, piedra y concha de caracol.

–“Qué cosas más lindas ¿Qué es todo esto?” Preguntó Suaty.

–“Son ofrendas –dijo el Pez Alado– regalos que los hombres hacían al Padre Sol para que la vida continuara sobre la tierra. Las vueltas del caracol son como las vueltas de la vida... ¡Ayy! ¡Empieza otra vez!"

Todo se sacudió con mayor fuerza. El hilo de agua del pasillo volvió a reducirse, casi hasta desaparecer, haciendo que el Pez Alado lanzara un grito de angustia:

–“Por favor, no nos dejes, todos te necesitamos”, decía acariciando el agua. “Si tú faltas y el caracol se derrumba, se perderá la armonía y el equilibrio entre los mundos”.

Mientras consolaba al agua, el Pez Alado miró a los niños. Suaty y Monaya Tiriza pidieron ayuda al Padre Xue, y su ruego fue escuchado.

Un rayo de luz rompió la oscuridad e hizo brillar al Pez Alado: venía desde un gran disco de oro que surgía como un amanecer de una vuelta del interior del caracol.

–“Parece que los seres humanos olvidaron que mi luz les dio vida y que la vida de ellos es la misma de la tierra y el agua. Si los ríos pierden su transparencia no podrá navegar la canoa sagrada con los espíritus que protegen de la enfermedad...” dijo sabiamente Xue, el Sol.

–“Pero mi pueblo todavía habla con los espíritus del río”, exclamó Monaya Tiriza.
–“Y mi abuelo ofrenda cada año en Guatavita y en las lagunas donde empezó la humanidad”, dijo Suaty.

Se escuchó otro chapoteo en el agua y de la siguiente vuelta del pasillo aparecieron Bachué y su esposo, las serpientes bigotudas, que hablaban a dúo.

–“El agua está cada vez más preocupada y se hace más poquita –dijeron al tiempo las serpientes".
–“Usan el agua y la devuelven sucia al río” afirmaron los caimanes y los lagartos de oro, de piedra y de concha.
–"Así es –dijo la cucha del Sinú, con sus bigotes recogidos– y desde las lagunas hacia abajo, hasta el mar, todos los seres del agua tenemos la misma preocupación".
–“Cierto, muy cierto... Basta mirar cómo dañan los bosques donde nacen los ríos...”, dijeron las aves rapaces guardianas de las lagunas.
–“¡Croac! ¡Croac! ¡Por ahí es la cosa!" exclamaron las ranas de oro poniéndose de acuerdo en que el problema parecía ser un olvido del corazón.

Una serpiente, enrollada hacia un lado y hacia el otro, dijo muy seria que el paso del tiempo sin ofrendas causaba olvido, pues la gente ni se imaginaba que el arco iris sostenía el cielo después de la lluvia.

–“A la gente no le importa la destrucción del mundo” refunfuñó el Pato Cuchara con su aplanado pico.
–“¡A nosotros sí nos importa!” exclamó Suaty.
–“Pues queremos que hablen con sus hermanos y les pidan amor al agua y a la vida, lo único que puede evitar la caída del Caracol Sagrado...” dijeron Bachué y su esposo.
–“Pero a los niños nunca nos creen” dijo Monaya Tiriza.
–“Si voy con ustedes y cuento lo que pasa, seguro que entenderán”, dijo el Pez Alado, dispuesto a acompañarlos.

Todos aplaudieron con tanta alegría que el Caracol Sagrado despertó, se llenó otra vez de luz, dio la vuelta para que los niños salieran y volvió a quedar flotando.

Descendieron por el riachuelo y bajo el sol del mediodía se miraron en el agua: Suaty se vio como sería en el futuro, un cacique muisca cubierto de oro; Monaya Tiriza sintió la luz en su vientre, para cuando en el futuro fuese una mujer bendecida con el don de prodigar la vida.

El Pez Alado sonrió y les mostró el camino.

 
       
     
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
         
         
 
 
  © 2008. Banco de la República. Todos los derechos reservados. Go to English home page Barra de menús Preguntas más frecuentes Ir al índice en español