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Aunque
todos los museos se han diseñado para ser visitados por
un público, estudiar cómo el público entiende
las exhibiciones es una práctica reciente en Colombia.
La idea general que tenemos del colombiano normal es que no tiene
una mentalidad afín a los museos, que no sabe leer el museo
como un medio de comunicación con características
propias. Los museos son espacios para descubrir, para un disfrute
que es a la vez lúdico e intelectual, pero nuestro público
los ve como lugares aburridos, empolvados, estáticos o
que no se entienden. Los visitantes, por ejemplo, siempre quieren
una visita guiada, lo que finalmente es una limitante para la
libre y completa interacción que debería existir
entre un buen museo y un buen museo-vidente.
Obviamente, los museos colombianos son quienes han creado a
su propio público, y quienes tienen la responsabilidad
de acercarse a los receptores de su mensaje con el fin de emitirlo
correctamente.
Este artículo comenta un conjunto de dificultades en
la comunicación entre la audiencia y un museo de arqueología,
tal como se han detectado en investigaciones y observaciones
de quienes visitan el Museo del Oro del Banco de la República
en Bogotá, y particularmente del público infantil
(Nota 1). Los niños son grandes indicadores del éxito
o fracaso de una exhibición puesto que no adoptan un
comportamiento formal ("como debe ser") sino que espontáneamente
ven lo que les interesa y dejan de lado lo aburrido. Según
esta lógica, no consideraremos aquí a quienes
participan en una visita guiada, una visita escolar o cualquier
otra explicación magistral que reduzca el libre albedrío
en la interacción.

La arqueología y el museo se encuentran en el mutuo interés
por los objetos, y por él mantienen un matrimonio de tan
vieja data que casi parece natural. Pocos han pensado en inventar
el museo de lingüística pero el museo de arqueología
nació desde que empezaban a nacer los museos. Y sin embargo,
la primera dificultad que encontramos es en la relación
entre el niño que acude a nuestra institución para
hacer una tarea y el objeto que está en las vitrinas.

Ante el propósito de investigar sobre los indígenas
prehispánicos, el escolar se detiene frente a la primera
vitrina y se pregunta: ¿debo llegarle al maestro con
un cuento como que los indígenas hacían figuritas
de hombrecitos y de animalitos, y que uno tiene un sombrero
que me pareció chistoso, y que a un sapo le pusieron
cabeza de jaguar y cola de serpiente? El niño piensa
de inmediato que una tarea basada en su visión de los
objetos no sería aceptada por el maestro, de tal forma
que se dedica a copiar todos los textos de esa y de todas las
demás vitrinas sin jamás tener tiempo de volver
a mirar las piezas.
Para el arqueólogo el objeto es el documento mismo,
la fuente histórica original que nos habla de la cultura
indígena, en tanto que para el niño y para su
maestro es el texto el que representa la verdad, la visión
docta, la Autoridad en el sentido que le daban a esta palabra
los historiadores académicos hasta el nacimiento de la
Nueva Historia: Henao y Arrubla escribían por definición
la historia verdadera y gozaban de más autoridad que
las fuentes originales, a las que por cierto no tenían
obligación cabal de citar.
El visitante normal, adulto o niño fuera del contexto
de la tarea, lee pocos textos y a la vez deja la impresión
de que no tiene muchos elementos para "leer" el objeto
como quisiera el arqueólogo o para permitir el objeto
"le hable" más allá de sí mismo
(como algo más que un elemento para decorar oficinas
y salones). El niño, incluso, piensa que ese objeto encerrado
en una urna de vidrio no está ni estuvo nunca vivo, que
no es representativo de una forma de vida
Para el arqueólogo, un objeto original que perteneció
a una sociedad del pasado es un elemento de cultura material
que permite trascender el análisis del objeto y referirse
a la comunidad que lo creó. Las cosas le dicen mucho
al especialista, en primer lugar, porque él tiene un
bagaje previo de conocimientos. En su cabeza compara con otras
piezas que conoce, ya sean iguales o diferentes, y se le ocurren
rubros de análisis como el uso que esta pieza en particular
pudo tener, su manufactura, su simbolismo, su estilo, su procedencia
cultural, su estado de conservación, etc. El arqueólogo
ve plasmada la cultura en cada aspecto del objeto: la forma,
la función, el desgaste por el uso (aún a nivel
microscópico), la escogencia del material, los motivos
decorativos, la tecnología de manufactura y de decoración,
los errores y desperfectos, la representación. Todos
son para él maneras aprendidas de hacer, escogencias
que un ser humano hizo desde su cultura para finalmente crear
y utilizar este objeto.
¿Qué puede hacer el museo para hacer más
elocuentes sus objetos? Es probable que un experto pueda escribir
un artículo completo sobre esa pieza y lo que ella sugiere,
pero en un museo no se trata de acompañarla con un texto
extenso o detallado. Aunque el público no tiene el mismo
bagaje técnico, sí hay en la cultura popular un
conjunto de referencias compartidas a las cuales se podría
acudir para que una explicación breve se llene de sugerencias.
En una visita guiada para niños franceses el concepto
de cacicazgo parecía imposible de transmitir, pero resultó
muy evidente cuando se comparó con Asterix y se contrastaron
la sociedad del héroe galo y la de los romanos que lo
invadían. El simple recurso de presentar un buen video
introductorio a los grupos escolares ya los dota de un marco
de referencia que les permite mirar mejor dentro de las vitrinas.
Esta es también la función de las maletas y juegos
didácticos que se prestan a entidades educativas.
En segundo lugar, el arqueólogo infiere a partir del
contexto en el cual es hallado el objeto, si dicho contexto
no ha sido removido por factores posteriores a su deposición.
Las asociaciones, las proximidades, las superposiciones, las
ausencias son registradas y leídas para interpretar -como
lo haría un detective- lo que pudo ocurrir cuando esos
elementos llegaron a estar y quedar en la posición relativa
en la que se los encontró. El museo no reproduce este
contexto arqueológico que el público no sabe leer,
pero sí usa extensamente el contexto museográfico
para comunicar ideas que el visitante lee explícita o
subliminalmente y que por lo tanto no es necesario escribir
en los textos. En el Museo del Oro, por ejemplo, las orejeras
se exhiben por parejas para que el público las confunda
menos con narigueras; una pieza antropomorfa en cerámica
indicará cómo se utilizaba una nariguera (y que
era usada por mujeres); la foto de un textil sinú antiguo
y la de un sombrero costeño actual invitan a comparar
con una pieza de tumbaga donde el personaje tiene una visera
tejida y a descubrir que una gran olla de cerámica en
realidad es una representación de un canasto, igualmente
tejido. La vitrina es un gran párrafo, y dentro de ella
los objetos están dispuestos en grupos asociados que
cumplen la función de frases dentro del lenguaje articulado
que hemos llamado contexto museográfico.
¿Lee el público este lenguaje? Es muy gratificante
ver cómo los niños se emocionan cuando descubren
una relación entre dos piezas de la exhibición,
que entonces cobran toda un aura de sentido. Resulta esencial
colocar suficiente de este contexto legible, aunque obviamente
no se trata de que todo llegue a ser leído por todos.
Una forma particular del contexto museográfico son los
dioramas o escenarios que reconstruyen una tumba, una escena
de fundición, etc. La observación del público
ha indicado que son los elementos que más llaman la atención
de los niños y los que tienen mejor recordación.
"La cuevita" (el magnífico diorama Tierradentro)
explica muy claramente el uso de las urnas funerarias, en las
que se ven huesos y cráneos. Sin embargo, un alto porcentaje
de niños generan preguntas no previstas que sus padres
no saben responder: "¿Ahora vamos a entrar ahí?",
"¿Cómo trajeron esa cueva?", "¿Es
de verdad?". Retomaremos más adelante este tema
de la distancia crítica en la lectura de un museo.

Si los objetos no siempre le llegan al público, detengámonos
para observar lo que sucede con la cronología en un experimento
que el Museo del Oro realizó muy a pesar suyo en este sentido.
Durante años se exhibieron al final del recorrido del
Museo dos custodias de orfebrería colonial, "la
Lechuga" (de la iglesia de San Ignacio en Bogotá)
y la de "Las Clarisas" (del convento de Santa Clara
la Real de Tunja), luego de que esta última fuera recuperada
patrióticamente de su indebida exportación y venta.
Colocar estas dos valiosas piezas de nuestro patrimonio casi
como remate del recorrido por un museo de arqueología
prehispánica marcaría tal vez la llegada de los
conquistadores, que fundieron el metal sagrado de los indígenas
para hacer sus propias piezas religiosas, aunque a la vez le
hacía un juego indebido a la idea del museo-joyería
contra la que luchan los curadores. En efecto, las custodias
coloniales fueron consideradas por muchos visitantes como "las
mejores piezas del Museo", arrasando con el paciente y
secular trabajo artístico de quimbayas, calimas, etc.;
pero lo más imprevisto y desconcertante fue descubrir
que el público hacía una lectura más grave
aún: al llegar frente a sus dos vitrinas exclamaba "¡Qué
piezas tan antiguas!".
Esto significaba que nuestro "respetable" estaba
asociando correctamente las custodias con un contexto de iglesias
y conventos coloniales, barrocos, empolvados, de arquitectura
ya en desuso e interior cubierto de hollín, y que son
emblemas de una de las etapas reconocidas de nuestro pasado,
la Colonia. Y significaba a la vez que todas las piezas vistas
en el resto de la exhibición -las ilama de hace 2.000
años, las quimbaya de hace mil, las tairona y las muisca
de hace ochocientos- no habían logrado comunicar su estatus
de antigüedades y lo perdían a manos de dos bellas
custodias que no tienen siquiera trescientos años. Las
dos advenedizas pasaron finalmente a exhibirse en la Biblioteca
Luis Angel Arango, pero el período prehispánico
seguramente siguió siendo ahistórico en nuestro
Museo.
¿Qué sucede? Todo el público colombiano
sabe que los indígenas de hoy no tienen oro (en el libro
de visitantes sus comentarios son muy beligerantes contra los
españoles que lo expoliaron), de manera que las piezas
del Museo no son asignadas al presente. Corresponden en la mentalidad
colectiva a un tiempo mítico que la exposición
no logra romper, y que, con un mejor análisis, es justamente
uno de los pilares del guión actual. El Museo del Oro
funda su magia en el mito de Eldorado e inclusive reclama para
Guatavita la exclusividad de un mito que en realidad recorrió
todo el continente. El hallazgo casual de la Balsa Muisca pocos
meses después de inaugurada la sede actual, y la renovación
del Salón Dorado como un espectáculo de luz y
sonido que ocurre justamente en medio de la laguna vieja de
Guatavita, no hacen sino reforzar ese sentimiento del público
de que las piezas de oro provienen de un tiempo atemporal, alterno
(Nota 2).

La exhibición actual del Museo del Oro está construida
sobre un marco geográfico. Tanto el segundo piso como el
tercero se plantean como recorridos por las áreas arqueológicas
de Colombia de donde proviene la orfebrería. Al principio
de cada unidad un pequeño mapa en relieve retoma la ubicación
geográfica que se ha visto en el mapa inicial de la visita
-lo que no ocurre con la cronología-, y con frecuencia
se encuentran fotografías de prácticas actuales
muy reconocibles cuya tradición se remonta a tiempos prehispánicos,
lo que hace que la geografía sea leída perfectamente
bien por el público: "Allá es donde hacen ahora
el barniz de Pasto", "¿Se acuerda que fuimos
a las salinas de Zipaquirá?".
La arqueología colombiana aplicó el concepto
de área arqueológica cuando no tenía todavía
un conocimiento detallado de las periodizaciones internas de
cada región. En San Agustín hay estatuas, en Tierradentro
hipogeos y en los altiplanos centrales vivieron los muiscas
(puesto que los conquistadores los hallaron ahí). Con
el progreso de las investigaciones y de los fechamientos se
pudo aclarar un panorama mucho más complejo e interesante:
cada región ha sido objeto de diversas ocupaciones por
grupos humanos portadores de culturas diferenciables, en ocasiones
desarrolladas localmente a partir del sustrato anterior, a veces
llegadas de otros lugares. Los indígenas paeces que pueblan
hoy Tierradentro, por ejemplo, no son quienes labraron las criptas
y osarios subterráneos hace mil años. Se conoce
el poblamiento de la Sabana de Bogotá desde hace 12.000
años, pero sólo hacia el 600 d.C. llegaron quienes
serían los muiscas.
El enfoque de área arqueológica ha generado que
en la mente del público existan actualmente "los
Calimas", un grupo quimérico al que se atribuyen
cerámicas del período ilama, orfebrería
yotoco y sarcófagos de madera sonsoides. Va a costar
mucho trabajo deshacer estos esquemas incorrectos en un público
a quien las noticias de la ciencia le llegan con muchas décadas
de retraso: la lingüística de Rivet, los muiscas
de Pérez de Barradas (¿o de Triana?), la arqueología
de los cuarentas son lo que ahora se enseña en los textos
escolares.

El grupo de estudio que mantiene la Universidad Pedagógica
con el Museo del Oro busca promover el uso del museo como objeto
de investigación externa al aula por parte de los alumnos
de secundaria. Dotados de algunas herramientas y conceptos, los
alumnos observarían los objetos y generarían su
propio conocimiento sobre los antiguos pobladores del país.
Este ejercicio ha revelado problemas en la concepción
popular de la ciencia y, nuevamente, en la forma como se están
leyendo nuestras exhibiciones.
Fue sorprendente ver cómo el alumno deriva conclusiones
directas de lo que ve en las vitrinas y las aplica sin distancia
crítica al pasado. Si en vitrinas distintas se muestran
24 orejeras taironas y 17 narigueras, el alumno puede deducir
una extraña proporcionalidad sobre el uso de estas prendas
entre los antiguos indígenas. Si se ven solamente piezas
en buen estado, doradas, sin óxido, deriva falsamente
que los indígenas usaron piezas de oro puro. La realidad,
por el contrario, es que los depósitos del museo están
llenos de orejeras semejantes en las que la tumbaga deja ver
el óxido verde natural después de pasar 500 años
enterradas en la selva húmeda, y que si la mayoría
de los indígenas usaron apenas alambres de cobre en la
nariz y sólo unos pocos altos personajes las utilizaron
grandes y doradas, serán estas últimas las que
pueblen en grandes cantidades las vitrinas.
No se está viendo la mediación del museólogo
entre los objetos arqueológicos y el público ni
la extensa labor de selección de piezas, de ideas y de
disposiciones que es la esencia misma de la museología.
Por eso el niño quiere saber si el hipogeo de Tierradentro
es una ilusión de realidad o es la realidad transportada,
y su padre o su madre no atinan a contestarle bien.

La historia critica sus documentos y la arqueología
duda de sus hipótesis, las revalúa cuando aparece
nueva información. Desde que dejó de ser positivista,
la ciencia se compone en realidad más de preguntas que
de respuestas, pero el público y nuestro sistema educativo
la conciben como un conjunto de certezas. En el museo, el maestro
y el guía deben saber todo, deben tener todas las respuestas.
Sin embargo, un museo de arqueología tiene una gran
oportunidad de no ser así. Cuando la visita guiada es
realizada por el arqueólogo mismo, éste puede
darse el lujo de dudar, de destacar los aspectos que su disciplina
no conoce... todavía. La idea de una investigación
en construcción, de las posibilidades de continuar descubriendo
maravillas, misterios y aventuras, es una de las esencias de
la arqueología que fundamenta el éxito de Indiana
Jones con su público.
El medio de comunicación museo deja una gran libertad
al visitante para que construya su visita, para explorar diferentes
niveles de profundidad en la información y particularmente
la gran riqueza contenida en las piezas originales. Pero un
museo para el nuevo milenio debería ser aún menos
positivista, más semiológico, menos magistral
y menos arrogante. La exhibición debe enseñar
a dudar de sí misma, debe generar un distanciamiento
brechtiano (Nota 3), debe sugerir ella misma espacios para ser
criticada (Nota 4). De un museo que deje pensar y participar
el alumno que investiga debe recibir un toque mágico
de imaginación arqueológica que le enseñe
a mirar y a deducir, a ubicar en el tiempo, de manera que no
solamente construya sino decida su propio saber.

El ejercicio que hemos hecho de descubrir las fallas de la comunicación
intelectual del mensaje arqueológico podría ser
visto como muy negativo. A pesar de todo, el Museo del Oro es
un museo de gran éxito. ¿Por qué? Porque
ante todo el Museo del Oro es un museo nacional, en el sentido
que atribuye el español Manuel Gutiérrez Estévez
(Nota 5) a este término: una exhibición que habla
al público de sí mismo, donde éste concluye
con el corazón -como ocurre constantemente en nuestro libro
de visitantes- "Después de ver las magníficas
obras de nuestros antepasados, me siento orgulloso de ser colombiano".
Aunque los arqueólogos piensen que crearon un museo
de arqueología -uno que habla de ellos, los indígenas
del pasado- su obra es mucho más que eso. El Museo le
sirve a los colombianos como un altar de patria (Nota 6), un
joyero impoluto donde se guarda el verdadero corazón
de oro del país. El mito de Eldorado le da respaldo a
nuestra nación y la hace buena a pesar de los horrores
que el periodismo nos resalta a diario. Por eso no está
en el pasado, necesitamos que nos acompañe siempre porque
es lo que tenemos para mostrar a los extranjeros y a nosotros
mismos. El Museo es, además, la galería de un
arte exclusivo de Colombia que genera admiración en el
mundo entero; es una caricia positiva para nuestro ego colectivo,
que es en parte lo que denominamos nuestra identidad.
Para el diseño de su nueva exposición, el Museo
del Oro debe pensar en hacer visible el objeto, evidenciar la
profundidad cronológica, enfatizar la periodización
de las áreas arqueológicas y hacer explícitas
las escogencias hasta permitir una lectura crítica. Debe
conocer el nivel de su público y proponerse permitir
que niños y jóvenes tengan una aproximación
al pasado prehispánico. Pero no puede dejar de ofrecer
aquello por lo que es estimado por su audiencia, e incluso debe
construir más finamente en este sentido.
En realidad, los aportes que hace el Museo no están
en la arqueología, sino en la antropología y en
el humanismo. Un museo nacional puede enseñar el concepto
antropológico de cultura, puede mostrar que la diversidad
cultural es nuestra principal riqueza, que tenemos raíces
de orgullo en el pasado, que no hay culturas mejores que puedan
pretender hegemonía y que el secreto de la convivencia
está en aprender y disfrutar el respeto por el otro.
Al salir a la calle después de ver la exhibición,
tanto el chofer del bus, como la decoración de la buseta
o la pareja de enamorados en el parque deben cobrar otro sentido.
1. Muchas personas reconocerán sus aportes para este
texto, elaborado para un simposio en relación con la
ampliación del Museo Nacional de Colombia. En particular,
este escrito surge de las investigaciones con el público
realizadas en el Museo del Oro y de la reflexión sostenida
durante dos años dentro del grupo de estudio conformado
por la oficina de Servicios Educativos del Museo del Oro (Flor
Alba Garzón) y el Departamento de Sociales de la Universidad
Pedagógica (Profesora Teresa Carrascal). Espero que este
texto retribuya los aportes contribuyendo a la reflexión
de cada uno.
2. Cabe comentar que la exposición de arqueología
del Museo Nacional, Milenios de diversidad, aunque tiene un
buen eje cronológico y lo retoma en cada unidad, no debe
transmitir tampoco la cronología porque su museología
no logra que el público la visite en el orden que establece
el guión. Se requiere de orden para comunicar la idea
de proceso.
3. Una exposición de arte en el Museo del Oro (por ejemplo
de un Nadín Ospina) crearía sorprendentes maneras
de mirar.
4. En la discusión de estas ponencias en el Museo Nacional
se pedía una exposición de múltiples voces.
Después de una sala sobre la Independencia, por ejemplo,
un indígena en un video podría criticar lo que
se acaba de ver y, tal como nos lo enseñaba Cristóbal
Gnecco, explicar al público que para él un período
histórico que disolvió las comunidades relativamente
autónomas de los resguardos y obligó a los indígenas
a ser terrajeros pobres no debería llamarse el de la
Independencia sino todo lo contrario.
5. Gutiérrez Estévez, Manuel. 1999. Diálogo
intercultural en el museo: silencios, malentendidos y encasillados.
Anales del Museo de América, Madrid.
6. Como el templo del Señor Caído de Monserrate
y la Quinta de Bolívar, que conforman con el Museo del
Oro un obligatorio circuito turístico dominical.
Cómo citar este artículo
Londoño, Eduardo. 2000. Una exhibición de Arqueología
en diálogo con el público. Sitio web Museo del
Oro, Banco de la República, Bogotá. Obtenido
de la red mundial el (fecha cambiada por el usuario según
el día en que consultó el archivo). http://www.banrep.gov.co/museo/esp/educa_dialogo.htm.
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