El mundo visto
desde la religión
Como
se dijo inicialmente, la religión tenía un lugar de privilegio entre
los muiscas; no es de extrañar que se intercambiaran entre regiones
plantas medicinales y plantas dotadas de poderes que intervenían en
numerosas ceremonias religiosas y actos adivinatorios: el yopo (Anadenantera
peregrina) venido de los Llanos, la coca (Eritroxylon coca)
de tierras cálidas como el cañón del Chicamocha, o el borrachero (Datura
sp.) oriundo del altiplano.
- Para esto tienen dos yerbas que
ellos comen, que llaman yop y osca, las cuales acabadas de tomar cada una
por sí, desde allí a ciertas horas o espacios dicen ellos que les dice el Sol lo que han
de hacer en aquellas cosas que le preguntan... Si ciertas coyunturas se les mueven
después de haber comido las yerbas,... es señal que han de acabar bien su deseo e
negocio; e si se mueven otras ciertas coyunturas, es señal que no les ha de subceder
bien, sino mal; y para este desvarío tienen repartidas las coyunturas, intituladas y
conoscidas por buenas las unas, y las otras por malas. (Oviedo, [1548]: 3: 122).
- Una hierba que llaman hayo...
traen los indios en la boca, e aunque la mascan no la tragan y la echan cuando les
paresce; y en unos calabacitos traen una mixtura que paresce cal viva, y así arde como
yesca, y con un palillo sacan de ella y dánse por las encías a una parte e a otra. Dicen
los indios que el hayo y esa cal los sustenta mucho e los tiene sanos. Holgando o
trabajando o caminando, de día e de noche, comen o ejercitan lo que es dicho...
(Oviedo, [1548]: 3: 126).
- Hay una hierba en aquella tierra,
que llaman tectec, que enloquesce, y tanta podría comer un hombre della, que lo
matase. Y para hacer que uno enloquezca, echan desa hierba en la olla en que guisan de
comer, y comiendo después de la hierba que con la carne se coció, quedan locos los
convidados o comedores para tres o cuatro días; e según la cantidad que echaren, así es
más o menos la locura. (Oviedo, [1548]: 3: 111).
Aunque por lo general los cronistas
evitan registrar aspectos de la religión muisca por considerarla "cosa del
diablo", los trabajos de antropólogos contemporáneos entre los grupos
sobrevivientes de la familia linguística Chibcha nos brindan una oportunidad de
acercarnos a un entendimiento de lo que fueron sus creencias. Estudios como los de Gerardo
Reichel-Dolmatoff entre los kogui de la Sierra Nevada de Santa Marta ([1949]) o los de Ann
Osborn entre los tunebos de la Sierra Nevada del Cocuy (1982) proveen de contexto a las
anotaciones de los primeros conquistadores de los muiscas. Así por ejemplo, fray Pedro
Simón describe los elementos de un ritual de yopo en Tota, donde los franciscanos se
encargaban de la doctrina, en términos similares a los de los actuales tunebos ([1625]:
6: 118; otro caso en Colmenares, [1970]: 28-29). Estos conjuran los peligros de una
cercanía extrema de las deidades cumpliendo en los meses lluviosos que rodean el
solsticio del norte (mayo a julio), un período de ayuno y abstinencia donde sólo
consumen alimentos del bosque y mantienen el fogón apagado; lo mismo anotaron los
primeros conquistadores como una práctica extraña de los muiscas que variaba en
duración según las regiones:
- Tienen dieta dos meses al año,
como cuaresma, en los cuales no pueden tocar a mujer ni comer sal. (Gómara, [1551]:
1: 120).
- Reparten los tiempos del año,
para sus negocios, muy ordenadamente, y dividen los meses o lunas en tres partes; y los
diez días primeros, casi la mayor parte del día y toda la noche comen una hierba que [en
la costa de la mar] se dice hayo, mezclada con la que ellos tienen para medicina, para
conservar su salud, y en este tiempo no comunican a sus mujeres y duermen en diversos
apartamientos. Y los otros diez días segundos se ocupan en sus labranzas y
contractaciones y negocios; y los últimos o postreros diez días del mes toman para su
recreación e comunicación con sus mujeres, y en algunas partes de aquella tierra
abrevian más estos términos... (Oviedo, [1548]: 3: 111, 121; Epítome, [1547]: 297).
Los mitos muiscas que los jeques o
sacerdotes cantaban en las ceremonias, hablaban de un ser supremo llamado Chiminigagua
que al principio del tiempo hizo la luz y envió unas aves negras a recorrer el mundo
iluminando (creando) cada lugar con su aliento. Para poblar la tierra la madre Bachué
habría salido de la laguna de Iguaque con un niño, con quien una vez crecido tuvo
centenares de hijos a quienes enseñó preceptos y leyes, hasta que al cabo de los años,
convertidos ambos en serpientes, se sumergieron en la laguna de donde habían salido.
Otra versión propone que el cacique
de Sogamoso y su sobrino el de Ramiriquí-Tunja hicieron a los demás hombres de tierra
amarilla y a las mujeres de una caña, y luego, en el solsticio de diciembre, se
transformaron el de Ramiriquí en Sol y el de Sogamoso en Luna, siendo desde entonces
objeto de adoración (Pérez de Barradas, 1938).
- Ellos tienen al Sol y a la Luna
por criadores de todas las cosas, y creen dellos que se juntan como marido y muger a tener
sus ayuntamientos. Sin esto, tienen otra munchedumbre de ídolos, los cuales tienen como
nosotros acá a los santos, para que rueguen al Sol y a la Luna por sus cosas.
(Epítome, [1547]: 300).
Los mismos relatos se referían a un
héroe civilizador de barbas blancas un apóstol según los españoles que
predicó la inmortalidad del alma y enseñó el arte textil. Podía caminar sobre las
aguas y desapareció finalmente en Sogamoso (Pacheco, 1971: 30). Castellanos llama a este
personaje Bochica, pero Simón le dice Chimizapagua o mensajero de los
dioses. En la crónica de este último Bochica es un dios a quien acuden los
muiscas para desanegar la Sabana inundada cuando el enfurecido Chibchachum creó el
río Teusacá:
- De los ríos que dan más aguas a
este grande [de Bunza o Bogotá] son principalmente uno que llaman Sopó, que tomó el
nombre de un pueblo de indios por donde pasa, y el otro Tivitó o río de Chocontá...
- ...Por ciertas cosas que había
usado con ellos... el dios Chibchachum, le murmuraban los indios y ofendían en
secreto y en público. Con que indignado Chibchachum trató de castigarlos
anegándoles las tierras, para lo cual crió o trajo de otras partes los dos ríos dichos
de Sopó y Tivitó, con que crecieron tanto las aguas del valle... e iba creciendo cada
día tan a varas la inundación, que no tenían ya esperanza del remedio,... por lo cual
[la gente] toda se determinó por mejor consejo de ir con la queja y pedir el remedio al
dios Bochica, ofreciéndole en su templo clamores, sacrificios y ayunos.
(Simón, [1624]: 3: 379-380).
Bochica apareció entonces
sobre el arco iris con una vara de oro en la mano y remedió la pesadumbre de los muiscas
abriendo como desagüe de la Sabana el salto del Tequendama:
- "Me doy por satisfecho de lo
bien que me servís... y así, aunque no os quitaré los dos ríos porque algún tiempo de
sequedad los habréis menester, abriré una sierra por donde salgan las aguas y queden
libres vuestras tierras". Y diciendo y haciendo, arrojó la vara de oro hacia
Tequendama y abrió aquellas peñas por donde ahora pasa el río. (Simón, [1624]: 3:
380).
Una diferencia mayor entre los
indígenas de hoy y del pasado es el volumen de oro que antaño se encontraba en los
muchos templos arrasados por los europeos, ya fuera en las capitanías rasas, en templos
con calzadas ceremoniales como los que existieron en Guatavita y entre Chía y Cajicá
(Velandia, 1980: 3: 1380) o en los dominios del cacique mayor de Sogamoso.
- Quanto a la religión destos
indios, digo que en su manera de error son religiosísimos, porque allende de tener en
cada pueblo sus templos, que los españoles llaman allá santuarios, tienen fuera del
lugar, así mesmo, munchos con grandes carreras y andenes que tienen hechos dende los
mesmos pueblos hasta los mesmos templos. Tienen, sin esto, infinidad de hermitas en
montes, en caminos y en diversas partes. En todas estas casas de adoración tienen puesto
muncho oro y esmeraldas... Y a cada cosa destas tienen apropiadas sus oraciones, las
cuales dizen cantadas. (Epítome, [1547]: 298).
- Viendo los cristianos esto, fueron
en demanda de otro cacique que estaba de allí a 8 o 9 leguas, que decían Sagamoso,
diciendo que tenía muy gran cantidad de oro; ...Hallaron en sus santuarios hasta 30 y
tantos mil pesos de oro en joyas hechas y ofrecidas a sus tunjos o dioses. Eran águilas,
coronas y otras joyas de otras maneras, tejuelos de oro, pan de oro de diez marcos de
peso. Halláronse algunas esmeraldas, buenas mantas y cuentas. (Anónimo, [1545]:
240-241).
Los muiscas, como hasta hoy los
koguis, hacían pagamentos u ofrendas en lugares sagrados, como bosques, rocas,
montañas y lagunas. Se trata de una forma de actuar para mantener el equilibrio del mundo
colocando objetos cargados de simbolismo en lugares asimismo simbólicos: cuando el mundo
por algún motivo se tona muy masculino o muy seco, el jeque busca con la ofrenda darle
más peso al carácter femenino o húmedo. Objetos de ofrenda eran por ejemplo las cuentas
de collar, algodones embebidos de semen o piezas de oro (Lleras, 1999; Londoño, 1989).
Este fin cumplían los conocidos tunjos muiscas, representaciones en oro o tumbaga
aleación con cobre de hombres, mujeres o animales votivos. También el oro,
en forma de adornos, acompañaba a los caciques y personajes en sus tumbas.
- Tienen muchos bosques y lagunas
consagradas en su falsa religión, donde no tocan a cortar un árbol ni tomarán una poca
de agua por todo el mundo. En estos bosques van también a hacer sus sacrificios y
entierran oro y esmeraldas en ellos... Lo mesmo es en lo de las lagunas, las que tienen
dedicadas para sus sacrificios: que van allí y echan muncho oro y piedras preciosas, que
quedan perdidas para siempre. (Epítome, [1547]: 300).
- En los enterramientos tienen
diferentes costumbres, porque en Bogotá se entierran debajo de tierra, excepto el cacique
principal y señor de todos, que lo echan en una laguna grande, con un ataúd de oro en
que va metido. En la tierra de Tunja, las personas principales e otros capitanes que entre
ellos tienen preeminencia, no se entierran, sino así como agora diré. Ponen sus cuerpos,
con todo el oro que tienen, en sus santuarios y casas de oración, en ciertas camas que
los españoles allá las llaman barbacoas, que son lechos levantados sobre la tierra en
puntales; e allí se los dejan con todas sus riquezas pegadas o junto al cuerpo muerto.
(Oviedo, [1548]: 3: 118).
En esta última cita, adaptada por
Gonzalo Fernández de Oviedo a partir de su lectura del "Gran cuaderno"
redactado por Jiménez de Quesada, tenemos la primera versión del mito del Dorado entre
los muiscas. Un gran cacique de la provincia de Bogotá que al morir es arrojado a una
laguna, dentro de un ataúd de oro. Más tarde el Dorado habría de identificarse con una
tradición del cacicazgo de Guatavita, donde cada nuevo cacique debía, según lo narra
Juan Rodríguez Freyle, entrar a la laguna navegando en una balsa cargada de ofrendas,
desnudo y recubierto de polvo de oro, para arrojar los tesoros a las aguas:
- Estaba a este tiempo toda la
laguna en redondo... coronada de infinidad de indios e indias, con mucha plumería,
chagualas y coronas de oro, con infinitos fuegos a la redonda, y luego que en la balsa
comenzaba el sahumerio lo encendían en tierra, en tal manera, que el humo impedía ver la
luz del día.
- ...Hacía el indio dorado su
ofrecimiento echando todo el oro que llevaba a los pies en medio de la laguna, y los
cuatro caciques que iban con él y le acompañaban hacían lo propio; ...y partiendo la
balsa a tierra comenzaba la grita, gaitas y fotutos con muy largos corros de bailes y
danzas a su modo, con la cual ceremonia recibían al nuevo electo y quedaba reconocido por
señor y príncipe. De esta ceremonia se tomó aquel nombre tan celebrado de El Dorado...
(Freyle, [1636]: 65-66).
Con Guatavita, este autor menciona
"cinco altares o puestos de devoción" de los muiscas: la laguna de Guasca, la
de Siecha y la de Teusacá, "que también tiene gran tesoro, según fama, porque se
decía tenía dos caimanes de oro, amén de otras joyas y santillos, y hubo muchos golosos
que le dieron tiento, pero es hondable y de muchas peñas" (Freyle, [1636]: 83). Por
lo que nos ha llegado de estos mitos, narraciones y consejas, los colombianos que nos
acercamos hoy a las aguas tranquilas de las lagunas del altiplano sentimos todavía viva
la sombra furtiva y dorada de los muiscas, "gente que quieren paz y no guerra, porque
aunque son muchos, son de pocas armas y no ofensivas". |