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¡Ahora sí que me encontrarás hermosa!

Gente 1873-02-26 Caquetá, Colombia Tomo IX
Era la india una muchacha de hasta unos veinte años, fresca y rolliza; y aunque sus carnes tenían el color del bronce oxidado, se hallaban a la sazón en perfecto estado de limpieza, y no las afeaba ninguna de las extravagantes líneas con que se pintan frecuentemente. Acababa de bañarse. No pareció embarazarle de modo alguno la presencia de un extranjero para hacer su toilette de mañana, porque después de mirarme de un modo particular, que a mi parecer quería decir "con su permiso", echó mano de una especie de cestilla cuadrada, como de un palmo poco más o menos; la abrió cuidadosamente, y empezó a sacar de ella cuanto necesitaba para su atavío: fue lo primero un peine, formado con bastante primor y habilidad, de las finísimas y aceradas púas que guarnecen el tronco de la palma llamada chontaduro, ligadas entre dos palitos con filamentos de otra palma.

Después de alisarse perfectamente los cabellos, húmedos todavía por el baño, sacó del cestillo una especie de corona estrecha, formada de plumas rojas y azules, como de una pulgada de longitud, entresacadas del vistoso plumaje de un guacamayo, y la colocó sobre su frente. La muchacha, ataviada de este modo sencillo, estaba realmente bella, dentro del tipo indígena. Apenas se colocó la corona, sacó del mismo cesto un espejito de proporciones exiguas, adquisición hecha de algún buhonero de los que comercian en el interior de estos bosques, y se estuvo contemplando algunos minutos con una complacencia que no trataba de disimular en manera alguna. En seguida sacó tres larguísimas sartas de cuentecillas de vidrio, blancas y azules, y se adornó con ellas el cuello y los brazos.

No pareció embarazarle de modo alguno la presencia de un extranjero para hacer su toilette
de mañana

Hubo otro paréntesis de contemplación al espejo, y yo me figuré que por entonces el tocador estaba concluido; pero faltaba lo principal. Volvió a meter la mano en aquel arsenal inagotable, y sacó de él un coquito como la mitad de un puño, y con un agujero redondo en su parte más gruesa. Por este agujero asomaba un palito que remataba como en pincel por una de sus puntas, y ésta era la que se hallaba dentro del coco; allí estaba el depósito de la chica, tinta de un color de carmín muy intenso, preparada con manteca de ave.

Asistí al tocador de una joven india
Tomo IX
Asistí al tocador de una joven india
1873-02-26
Gutiérrez de Alba, José María
Acuarela sobre papel blanco
16,2 x 25,5 cm


Tomó el espejo en la mano izquierda y en la derecha el pincelillo, que se aplicó primero a la frente, y trazó en ella por debajo de la corona dos líneas delgadas y simétricas, un poco arqueadas y que venían a reunirse en una sola hacia el nacimiento de la nariz o un poco más arriba; prolongó luego esta línea a lo largo de la nariz hasta su extremidad inferior, y trazóse luego otras dos paralelas entre sí y perpendiculares a la primera, que se cortaban en la parte central, y se extendían por uno y otro lado hasta los pómulos. De éstos hizo arrancar hacia abajo otras varias en forma de abanico, una de las cuales, atravesando por la parte anterior y central de la barba, se reunía con la del lado opuesto. De las extremidades del labio inferior tiró otras dos en arco, que quedaron unidas en la parte central de la boca, y por último llegó su vez a los brazos y piernas, donde no escaseó las figuras más caprichosas y extravagantes.

Faltaba algo todavía para completar los estrambóticos adornos, y se atravesó un pedazo de junco por la ternilla de la nariz, y otros dos de cerca de un palmo de largo y como un dedo de grueso, en cada oreja, a los cuales acompañó unas planchitas triangulares de plata y algunas cuentas y plumas de distintos colores. En unos agujeritos que tenía hechos en el labio superior se introdujo otras tantas púas de chonta, en la misma dirección que el jabalí ostenta los colmillos; y juzgando ya su figura completa e inmejorable, echó la última mirada al espejo; guardó sus trastos en el cestillo; se levantó con aire de triunfo, y me tendió la mano con una expresión en que yo no pude menos de traducir esta frase: "ahora sí que me encontrarás hermosa!".
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