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curadurias

Un cura excepcional: El Padre Manuel María Albis

Gente 1873-01-17 Suaza, Huila, Colombia Tomo VIII
A poco de oscurecer, se nos anunció la visita de este eclesiástico, cuya presencia llamó mi atención poderosísimamente. El buen clérigo había adoptado su traje de gala para esta primera visita: llevaba su ruana y pantalón negro, un sombrero de nacuma de alas muy anchas sobre un gorro oscuro, y por lo demás en pechos de camisa y enteramente descalzo. El P. Albis, de 55 a 60 años de edad, de mediana estatura, de rostro enjuto y musculatura vigorosa, tiene todo el aspecto del indígena, cuyos rasgos característicos lleva muy marcados en su actitud y en su rostro; en efecto, sus ojos de amortiguado brillo, sus pómulos salientes, su color algo bronceado, su escasa barba y sus labios gruesos, indican de un modo seguro que si no pertenece en totalidad a la raza indígena, la sangre de éstos es la que más predomina, no obstante la mezcla que pueda tener de la raza española. Su carácter sumamente modesto, que raya en lo humilde, lo hizo desde luego simpático a mis ojos, principalmente al referirme de la manera más candorosa algunos rasgos de su extraña vida.

El padre Manuel María Albis
Tomo IX
El padre Manuel María Albis
1873-13-04
Gutiérrez de Alba, José María
Acuarela sobre papel blanco
15,3 x 24,2 cm

Después de haber desempeñado un papel activo como militar en las discordias civiles de su patria, se ordenó de sacerdote y aceptó un curato en las regiones del Caquetá, donde permaneció cerca de veinte años en ejercicio de su ministerio. En este tiempo hizo varias salidas a tierra civilizada; pero echó tanto de menos en ella las costumbres de los indígenas, convertidas ya en las suyas propias, que no tardó en regresar a los bosques a disfrutar de los encantos de la Naturaleza. En su última salida, el Obispo de Popayán, su prelado, se empeñó en hacerle aceptar la cura de almas de un pueblecito de su diócesis; pero él, mal avenido ya con las prácticas de la civilización, prefirió huir de lo que llamaba su esclavitud, y se refugió en una aldea llamada La Ceja, esperando la ocasión oportuna para internarse de nuevo en los bosques. En esta fuga, que la verificó de noche, a pie y por caminos extraviados, lo encontró un amigo nuestro, con su morral a la espalda, descalzo de pie y pierna, cubierto de lodo hasta la cintura, según acostumbraba hacer sus correrías entre los salvajes. El Obispo lo suspendió de sus funciones, pero él daba ya tan poca importancia a su ministerio, que me aseguró más de una vez que se creía mucho más feliz viviendo entre los salvajes, como uno de tantos, que lo sería entre las comodidades de la civilización, elevado a la Silla episcopal más respetable y opulenta.

El Obispo lo suspendió de sus funciones, pero él daba ya tan poca importancia a su ministerio, que me aseguró más de una vez que se creía mucho más feliz viviendo entre los salvajes
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