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Baile de disfraces en Neiva

Fiestas y costumbres 1872-12-16 Neiva, Huila, Colombia Tomo VIII
La elevadísima temperatura a que Neiva se halla, no es sin duda la más a propósito para un baile de disfraces, en que hay que llevar el rostro cubierto por una máscara más o menos incómoda, apenas tolerable en un clima frío, y eso por poco tiempo; pero no parece sino que el hombre en todos los climas y latitudes, tiene una verdadera complacencia en manifestarse distinto de lo que es; pues hasta los salvajes, en su estado natural y primitivo, tuvieron y tienen sus mascaradas.

Apenas eran las diez de la noche, cuando el sonido de la música nos condujo al salón, poco distante de nuestra morada. Al entrar en él, ya lo encontramos lleno de diferentes parejas disfrazadas, algunas con trajes tan molestos y embarazosos, que parece que los habían buscado exprofeso para cumplir una penitencia en expiación de alguna gravísima culpa.

Era el salón un paralelogramo de unos quince metros de longitud, por cuatro próximamente de anchura, con grandes ventanas en los costados, para darle ventilación, muy necesaria en su habitual destino; varias lámparas de petróleo suspendidas del techo lo iluminaban profusamente, contribuyendo al par a hacer su atmósfera más calorosa, y a esparcir por ella gases que, a poco más, la hubieran hecho irrespirable; el suelo se hallaba cubierto de una alfombra hábilmente formada por costales de fique, generalmente empleados para el embalaje de mercancías, siendo el complemento del mueblaje y adorno algunas cortinas de gasa, varias mesas con luces del mismo género que las suspendidas de la techumbre, y algunos sofás o canapés, de distintas formas, colocados delante de las puertas y ventanas, a las cuales se agrupaba por la parte exterior el pueblo soberano de ambos sexos, ansioso de contemplar las piruetas de la clase que constituye su aristocracia. Esta, a pesar de la decantada igualdad, y de los pujos democráticos de su legislación, se desdeña de alternar con las clases inferiores, y aun las designa con los nombres de segunda y tercera, como a los que viajan en ferrocarril, según el local que ocupan.

A nuestra llegada al salón, bailábase una de esas danzas pausadas, que de todo tienen meno de baile, y cuya invención se debe sin duda a los que desean abrazarse en público, sin que nadie tenga derecho a motejarlos. Mi arribo al salón fue saludado con un viva a mi nombre, dado por un joven de los que dirigían la fiesta, con calificativos para mí tan honrosos como lisonjeros, y que fue repetido por la concurrencia con un entusiasmo que no puede traducirse sino por mi cualidad de español o por una exageración de la cortesía.

Conocido mi deseo de presenciar uno de los bailes característicos del país, que en los pueblos de tierra caliente tienen tan merecida fama, prestáronse a ello varias señoritas y aun señoras de las más jóvenes, bellas y distinguidas; y al tocar la orquesta el alegre y simpático bambuco, que ya mis lectores conocen, por la animada y fiel descripción inserta en su lugar, pusiéronse varias damas en baile, cada cual acompañada de un caballero, y bailaron con tanta gracia y soltura, y con tal elegancia algunas de ellas, que de un baile eminentemente popular llegaron a hacer una especie de danza aristocrática, sin quitarle ninguno de sus más graciosos accidentes.

Este se repitió más de una vez, según me manifestaron, por pura deferencia hacia mí, lo que no pude menos de agradecerles, especialmente a las señoras y señoritas que tan benévolas se mostraron.

Durante uno de los intermedios, varios de los caballeros más jóvenes se acercaron a mí en comisión, manifestándome el deseo que todos tenían de vaciar conmigo una copa en celebridad de mi llegada; no pudiendo negarme a tal invitación, me dirigí con ellos a una especie de vestíbulo que daba entrada al local, donde sobre una mesa había algunos dulces y licores. Conociendo yo el prurito que hay en todo el país, por dar a estos actos cierta solemnidad, pronunciando siquiera algunas palabras, les dirigí, copa en mano y a manera de brindis, algunas frases que manifestaban mi gratitud y complacencia, las que fueron contestadas por uno de ellos con frases no menos cordiales, conduciéndome después entre todos al salón, donde al baile continuó de nuevo.

Yo, que no tomaba parte activa en él, entablé conversación con algunas de las señoras y señoritas que se hallaban más próximas, una de las cuales, la Señorita Neftalí Durán, joven encantadora y de modales finísimos, que se privó de bailar más de una vez por sostenerme la conversación, me hizo pasar un rato sumamente agradable, hablándome de la belleza de algunos de los sitios que me proponía visitar, especialmente el valle de San Agustín, cerca del cual tienen propiedades algunas personas de su familia.

a Señorita Neftalí Durán, joven encantadora y de modales finísimos, que se privó de bailar más de una vez por sostenerme la conversación, me hizo pasar un rato sumamente agradable

El cansancio natural de los diez días que llevábamos de camino, nos obligó, aunque con pena, a abandonar aquella agradable reunión, retirándonos a descansar a las doce y media de la noche.
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