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Hospitalidad y felicidad en el monte

Gente 1871-01-13 Dolores, Tolima, Colombia Tomo V
De Dolores salimos, después de almorzar, a la una y media de la tarde, sin esperanzas de llegar en el día al pequeño pueblo o aldea que lleva el nombre de Colombia, y es ya el último que debíamos encontrar hasta nuestro regreso de los Llanos; pero sí teníamos la convicción de encontrar alguna ranchería en que pasar la noche. Salimos, rodeando el cerro por la falda del sur, dejando a nuestra derecha un extenso valle muy frondoso y en su mayor parte reducido a cultivo. No nos habríamos alejado del pueblo una media hora, cuando la lluvia, primero leve y después torrencial, nos hizo la marcha más penosa. Los arroyos pequeños se habían convertido en ríos, y tuvimos que pasar algunos con fundado temor de ser arrastrados por la corriente. Un poco más lejos nos atollamos en un barrizal de que no salimos sin gravísimas dificultades; y a todo esto, la lluvia arreciaba más y más; acercábase la noche y no había cerca del camino una sola choza en que guarecernos, sino a una larguísima distancia, imposible de franquear con la luz del día por el cansancio de nuestras mulas.

¿Qué hacer? Veíanse, a lo lejos, entre el monte, algunas ligeras columnas de humo, que indicaban haber por allí viviendas humanas. Esto nos animó un poco. Hicimos detener las mulas en un rodeo descubierto, y yo me separé por entre los matorrales de la izquierda en busca del albergue tan deseado. Seguí primero una tortuosa y estrechísima senda, que al cabo se perdió completamente entre el bosque; volví sobre mis pasos, perdida toda esperanza, cuando alcancé a ver en dirección opuesta otra sendilla tan estrecha y casi borrada como la primera. Seguíla por espacio de un cuarto de hora, ya enterrándome en el barro, ya abriendo la maleza que me impedía seguir adelante, cuando ¡Oh placer! a la entrada de un desmonte, junto a un enorme peñón divisé una cruz formada de dos troncos y elevada sobre una colina. Más adelante había una choza ocupada por una mujer y tres niñas pequeñas. Llegué; pedí hospitalidad por aquella noche; y habiéndomela concedido de muy buen talante, me volví gritando en busca de mis compañeros. Antes de que acabara de oscurecer, estábamos ya todos reunidos bajo aquel pobre y hospitalario techo; que a pesar de su estrechez, valía para nosotros lo que un magnífico palacio.

Para cenar traíamos un cabritillo comprado en Piedra-gorda, que, preparado con arroz y sazonado por nuestro apetito, fue para nosotros un verdadero festín de Baltazar, saboreado al calor de una buena lumbre y sin el Mane, Thecel, Phares, que viniese a turbar nuestro contento. La cabaña en que nos hallábamos refugiados ocupa una posición bellísima, junto a un cristalino arroyo y en la falda de un monte elevado que domina dos valles profundos por la parte del sur y por los otros tres lados se halla rodeada de tupidos bosques. Allí vive un matrimonio, joven todavía, con tres niñas pequeñas; el marido cultiva alguna tierra en el fondo del valle; hace algunos trabajos de carpintería y alimenta un reducido número de reses que diezman alguna vez las culebras, o el tigre voraz, absoluto señor de aquellos vastos desiertos. Y aquellas pobres gentes viven felices en la soledad de aquel monte, satisfaciendo con sus escasos recursos sus más perentorias necesidades, sin que la ambición de lo superfluo, para ellos desconocido, venga a turbar la venturosa calma que los hace dichosos y dignos del bien que disfrutan.

Antes de que acabara de oscurecer, estábamos ya todos reunidos bajo aquel pobre y hospitalario techo; que a pesar de su estrechez, valía para nosotros lo que un magnífico palacio.
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