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Cuestas, ríos, peñascos y peligros

Vías de comunicación 1871-01-12 Dolores, Tolima, Colombia Tomo V
Las peñascosas y desnudas crestas contrastaban asombrosamente con la exuberante vegetación de los profundos valles, abiertos en anchos círculos y conteniendo cada cual en su fondo el lecho de un torrente que murmuraba escondido entre el apiñado follaje. Cuando ya íbamos a trasponer la meseta para descender a otra especie de abismo, abrióse entre la niebla un espacio, a guisa de claraboya, por donde pudimos contemplar, sólo por algunos momentos, una gran extensión de la llanura que habíamos atravesado, iluminada por un sol ardiente, cuyos rayos se reflejaban en las aguas del Magdalena, que se extiende allí en infinitos canales. Trepamos después, no sin gran trabajo, a la segunda línea de empinados cerros, formados de bancos de esquistos arcillosos de diferentes y vivos colores, alternando con gruesos estratos de arenisca impregnada de óxido de hierro.

Llegamos a la cumbre a eso del medio día; y como la niebla se había disipado completamente, por algunas escotaduras de las primeras montañas volvimos a contemplar y admirar una gran parte del valle de Neiva, limitado por las densas nubes que se aglomeraban hacia las faldas del Tolima. Media hora después, habíamos terminado nuestro segundo descenso y nos detuvimos a almorzar en lo más profundo de aquella pedregosa garganta en un sitio llamado Piedra Gorda, donde hallamos dos ranchos humildes levantados sobre un terreno de arcilla bituminosa. En uno de ellos, llamó mi atención un aventador o soplillo formado de plumas caudales de pavo silvestre yuxtapuestas e ingeniosamente aseguradas entre dos pedacitos de palo, abiertos al medio y sujetos con una ligadura de bejuco: manufactura enteramente indígena, pero muy ingeniosa.

Cuesta de Dolores
Tomo V
Cuesta de Dolores
1871-01-12
Gutiérrez de Alba, José María
Acuarela sobre papel gris
13,9 x 23 cm

A las tres, continuamos nuestro camino, subiendo y bajando por ásperos cerros y atravesando arroyos más o menos caudalosos, con ánimo de llegar al pueblo de Dolores, situado en la cumbre de la tercera y más elevada serie de montañas o estribos de la cordillera. La cuesta por donde íbamos trepando es sumamente larga y el terreno se halla cubierto por todas partes de peñones erráticos, cuya superficie cubierta de un musgo negro los hace aparecer a cierta distancia como gigantescos túmulos levantados en un campo de muerte. Unido a esto, el rumor de cien arroyos que se despeñan ocultos por las profundas quebradas, el viento que gime entre los árboles del bosque, la inmensa barrera que ante nosotros se levantaba, el pedregal del camino interrumpido a veces por atolladeros enormes, la soledad, hasta cierto punto siniestra de aquellos lugares, y la noche que avanzaba, cubriendo el espacio de impenetrable sombra, se tendrá una idea de la situación en que nos encontrábamos.

nos acostamos sin cenar, en el duro suelo, envueltos en nuestras ruanas y con un frío desesperante. Así esperamos el siguiente día, que jamás pudo haber otro tan deseado.

Nuestras mulas, ya cansadas, caminaban lentamente, deteniéndose a descansar a cada paso, cubiertas de sudor y metidas en barro hasta las conchas. Era imposible llegar a Dolores, y en el primer rancho que encontramos pedimos hospedaje e hicimos alto. Descargáronse nuestras mulas, y no encontrando otro modo de darles algún alimento durante la noche, recurrimos a la caña de azúcar, que por mucho favor nos vendieron en cantidad escasa. Nosotros nos acostamos sin cenar, en el duro suelo, envueltos en nuestras ruanas y con un frío desesperante. Así esperamos el siguiente día, que jamás pudo haber otro tan deseado.
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