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Fiesta del Rosario en Villa de Leyva

Fiestas y costumbres 1871-12-20 Villa de Leyva, Boyacá, Colombia Tomo VII
Durante las primeras horas de la noche, hubo también la diversión propia de la época, o sea el Rosario, muy parecido al de Santa Rosa. En el de Leiva, vimos entre los matachines, que éste es el nombre que dan a los enmascarados que amenizan estas funciones y la del Corpus, un muchacho indígena disfrazado de indio salvaje, y adornado con hojas de helecho, como si quisiese tributar este recuerdo a sus progenitores. Tomé un apunte de este extraño y ridículo personaje, y lo hubiera hecho de todos los demás, si hubiese tenido tiempo para ello.

Muchacho indígena disfrazado de indio salvaje
Tomo VII
Muchacho indígena disfrazado de indio salvaje
1871-20-12
Gutiérrez de Alba, José María
Acuarela sobre papel blanco
19,1 x 14,2 cm


En la tarde del segundo día nos sorprendió súbitamente una estrepitosa algazara, producida por un grupo extraordinario de hombres, muchachos y mujeres, casi todos de raza indígena, que, dando gritos desaforados, y con entusiastas aclamaciones, acompañaban una especie de procesión, que entraba en el pueblo, con su acompañamiento indispensable de cohetes y música de tambor y chirimía. Cualquiera se hubiese figurado que el objeto de este festejo fuera el santo patrono del lugar o alguna otra imagen muy venerada; pero todo menos que eso: aquella frenética alegría era porque entraban en la población un fraile y un piano; el primero, capellán del convento de monjas, para el cual se destinaba el segundo, cuya conducción a hombros se disputaban los indios, ansiosos de ganar las indulgencias que el padre les tenía ofrecidas.

aquella frenética alegría era porque entraban en la población un fraile y un piano; el primero, capellán del convento de monjas, para el cual se destinaba el segundo, cuya conducción a hombros se disputaban los indios

En medio del alborozo general que en el pueblo ocasionaba aquel plausible acontecimiento, un accidente desgraciado, pero natural y lógico, vino a amargar las dulzuras del regocijo: uno de los cohetes, caído al azar sobre el techo de una casa pajiza, prendió en él con tal violencia, que fue imposible detener los estragos de las llamas, y la casa quedó en breve reducida a cenizas. Estas desgracias se repiten sin cesar en la mayor parte de aquellas poblaciones, edificadas casi todas por el mismo sistema; y sin embargo de quedar a veces muchas familias reducidas a la miseria más espantosa, sin techo y sin abrigo, y teniendo que mendigar el sustento de puerta en puerta, hasta encontrar nuevos recursos con su trabajo, las desgracias ajenas y propias no les sirven jamás de escarmiento, ni las autoridades se cuidan de evitar el peligro inminente que los fuegos artificiales, lanzados sin discreción alguna, tienen para las poblaciones; sino que se abandonan y dejan abandonarse a los demás a los pueriles goces del ruido y del aturdimiento, sin lo cual creen que la imagen festejada no se dará por satisfecha de la veneración de sus devotos. Pero esta falta es más imputable todavía a los eclesiásticos que viven del culto, y que, siendo por lo regular, personas algo más ilustradas, y por consiguiente, más capaces de apreciar el riesgo, prefieren sostener tan pernicioso y ridículo entusiasmo, con tal de que la devoción sea para ellos más productiva.

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