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Fiesta del Rosario en Santa Rosa de Viterbo

Fiestas y costumbres 1871-12-16 Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, Colombia Tomo VII
A poco de llegar, se nos sirvió con gran esmero una cena abundante, y entre tanto, oímos en la plaza, que quedaba muy cerca de nuestro alojamiento, muchas detonaciones, producidas por los cohetes que en ella disparaban, siendo tan formidables algunas de estas detonaciones, que parecían descargas de artillería, y a veces causaban en los edificios un movimiento de trepidación, cual si se experimentase un temblor de tierra; porque en este país, donde se conservan aún, si no corregidas, aumentadas, muchas de las costumbres que la antigua metrópoli introdujo allí, heredadas de los moros, no hay fiesta popular ni religiosa que no se celebre con profusión de fuegos artificiales, siendo de mayor mérito la que más abunda en ruidos estrepitosos.

Al cruzar por primera vez la plaza, cuando llegamos a la población, observamos en ella montones elevadísimos de leña seca, cuyo objeto se adivinaba fácilmente. Esto por una parte, y el ruido de los cohetes por otra, nos hicieron preguntar a nuestro huésped qué clase de función se preparaba. El Sr. Calderón nos dijo que era el Rosario, procesión nocturna muy común en todos aquellos pueblos a fines de Diciembre, y que es una especie de preludio para la celebración de la Natividad del Señor, una de las primeras fiestas del cristianismo.

Plaza de Santa Rosa de Viterbo. (1) El aerolito
Tomo VII
Plaza de Santa Rosa de Viterbo. (1) El aerolito
1871-12-16
Gutiérrez de Alba, José María
Acuarela y pluma de acero sobre papel blanco
15,5 x 26,7 cm

Salimos, pues, a la plaza, con el objeto de disfrutar de un espectáculo, en que, según nuestro huésped, encontraríamos mucho de nuevo y de curioso. Y así fue en verdad; porque además de las inmensas hogueras que estaban ya encendidas, y que iluminaban el espacio, como los italianos dicen, a giorno, la procesión había salido ya de la iglesia y era una cosa curiosísima. Delante iban varios hombres del pueblo que disparaban sin cesar cohetes de distintos calibres, y bombas o petardos atronadores; seguíalos inmediatamente la cruz parroquial con los ciriales y después otra gran cruz hueca, y cuyas paredes, formadas de papeles impresos, dejaban traslucir las luces encendidas en su interior. Acompañaban a esta cruz varios faroles, formados e iluminados de la misma manera. Iban luego dos largas filas de mujeres y hombres interpolados, con sendas velas de sebo encendidas, cuya luz trataban de conservar formándole pantalla con el sombrero o con las manos, y muchas de estas velas se veían adornadas con flores y ramaje. Terminaban estas filas varias parejas de hombres enruanados, que conducían a hombros largos palos o tablas en que estaban fijas muchas velas también de sebo, en su mayor parte encendidas y resguardadas por farolillos de papel en forma de cucuruchos.

La procesión había salido ya de la iglesia y era una cosa curiosísima.

Entre las dos filas de alumbrantes veíanse varios grupos de máscaras, en su mayor parte hombres y muchachos, vestidos de mujer, con el ala del sombrero apuntada a la chamberga, y adornado éste con grandes ramos de flores. Unos llevaban la cara pintada de negro, y otros la ocultaban con una especie de antifaz de tela oscura, y más o menos transparente. Venían después otros grupos de niños de ambos sexos, no menos extrañamente ataviados, con canastillos llenos de frutas, flores, telas de diversas clases y otras fruslerías, en lo cual querían figurar los pastores de Belén, conduciendo sus ofrendas al pesebre donde el Niño Dios se albergaba. Entre estos grupos iba simbolizada también la Huida a Egipto, por una muchacha montada en un burro con un niño de corta edad en los brazos, y un muchacho en traje talar y con su vara florida, que figuraba ser el Santo Patriarca. Un ángel con las alas y el vestido adornados de oropel, llevaba un estandarte de la Virgen, y en pos del ángel, y sobre unas andas, llevaban otra imagen de la misma Señora. En el centro de la procesión, iba una música compuesta de instrumentos de viento, cuya estrepitosa armonía era a veces inaguantable, y, por último, cerraba la comitiva el párroco con capa pluvial y algunos acólitos, cuyas voces no eran más agradables que el son monótono de la música que los precedía.

Desde luego se dejaba comprender que no era un sentimiento religioso el que reunía en la plaza aquella bulliciosa muchedumbre, sino el afán de divertirse con aquel espectáculo de indefinible carácter, a falta de otra diversión enteramente profana y más positiva; así es que a las voces chillonas de los que iban vestidos de máscaras, y trataban así de disfrazar hasta su natural acento, respondían los de fuera de las filas con carcajadas ruidosas, que formaban un singular contraste con la monótona canturía de los que recitaban en discordantes voces la salutación del Ángel.

A eso se reduce la procesión del santo Rosario, no sólo en este pueblo sino en casi todos los de Colombia; absurda mescolanza de fanatismo e idolatría, que no nos cansaremos de vituperar, y en que hacen consistir la religión de Jesucristo los que no son capaces de comprenderla, y los que reportan de estos abusos grandes utilidades pecuniarias.
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