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Cacería de venados en Soacha

Fauna 1871-04-08 Soacha, Cundinamarca, Colombia Tomo VI
Habiendo sido invitado por algunos amigos para la cacería de venados que anualmente se verifica en este día cerca del Tequendama, y a la cual acude un extraordinario número de jinetes, tanto de Bogotá como de los pueblos vecinos con numerosas jaurías de perros acostumbrados a levantar la caza en lo más espeso del bosque, he resuelto con gusto asistir a ella. A las siete de la mañana me encontraba en Soacha, donde me aguardaban mis amigos; monté un caballo de refresco, y salí con ellos a colocarme en la orilla izquierda del Funza, en un lugar donde los pobres animales acosados suelen pasar al río, huyendo de sus perseguidores. La mañana estaba destemplada y lluviosa; y sin embargo, eran infinitas las caravanas de señoras y caballeros, que, con sus caballos a galope, acudían de todas partes. Los montes resonaban con los ladridos de los perros, los relinchos de los caballos y los gritos de los cazadores.

eran infinitas las caravanas de señoras y caballeros, que, con sus caballos a galope, acudían de todas partes.

En nada se parecía aquel tumulto desordenado a nuestras monterías, donde cada cual ocupa su puesto y el jabalí o el venado van a morir a impulsos del plomo en un lugar calculado casi siempre de antemano, sin peligro de ser herido en lugar de la res alguno de los cazadores que la aguardan, o que la acosan, a no ser por alguna falta de subordinación o por impericia de los que en ella toman parte. Aquí, por el contario, todos corren en tropel, luego que sienten latir los perros; el uno se despeña por un barranco; el otro, suelta la brida de su corcel, y rejo en mano, se dispone a enlazar al animal fugitivo atropellando perros y jinetes, sin conseguir, sino muy rara vez, su propósito; mientras que otro, más atolondrado, o menos precavido, monta su escopeta y dispara con más probabilidades de herir o matar a alguno de sus compañeros que al animal, que por en medio de todos procura evadirse.

Por fortuna, yo me hallaba en la orilla opuesta del río, desde la cual pude observar estos pormenores, de que los del otro lado no se daban cuenta, embebidos como se hallaban en el afán del éxito por todos deseado. Una de las víctimas, ya próxima a ser inmolada, se dispuso a pasar el río por aquella parte; mis compañeros tuvieron la atención de cederme el primer tiro, y el pobre animal, herido mortalmente, se arrojó al agua, seguido de los perros. Allí empezó otras escena más interesante para mí que todas las anteriores: dos de los perros habían logrado clavar el diente en las orejas del venado moribundo; los tres eran arrastrados por la corriente del río, cuando un sabanero se arrojó al agua montado en su caballo; lanzó el rejo con mano certera, y enlazó a los tres animales, que, arrastrados por él, fueron sacados a la orilla. Los perros salieron casi asfixiados y la res completamente muerta. En el acto de sacarla resonaron los aires con los vítores y aplausos de la multitud; me fue adjudicada como trofeo la piel del venado, que conservo; repartida su carne entre los indios que allí se hallaban, se retiraron a celebrar con ella el gran festín que debió durar toda la noche.
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