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Un esplendoroso amanecer llanero

Geografía 1871-02-12 Llanos Orientales, Meta, Colombia Tomo V
Desde mi llegada a los Llanos de San Martín, este día ha sido el primero en que he visto salir el sol en el horizonte casi despejado. A poco de amanecer empezó a asomar en el oriente una faja de luz de color blanco amarillento, que poco a poco fue adquiriendo un tinte ligeramente rosado, formando un bellísimo contraste con el azul oscuro que dominaba en Occidente, y confundiéndose ambas tintas en la cúspide de la inmensa bóveda de los cielos, con esa degradación misteriosa que sólo el pincel del Gran Artista sabe ejecutar en sus cuadros siempre admirables. La Naturaleza parecía como que despertaba del profundo letargo de la noche; las aves cruzaban cantando de una faja de monte a otra; oíase el zumbido de los insectos; de cuando en cuando se escuchaba en lo más remoto de la llanura el bramido lastimero de la vaca, a quien el tigre, durante las horas de oscuridad, había arrebatado la cría, o el ladrido el perro del llanero, que, husmeando la sangre, acababa de descubrir la pista de la fiera; pero el ruido que sobresalía entre todos era para mí tan extraño que pregunté de qué procedía. Dijéronme los llaneros con toda formalidad que eran los monos rezando, y que merecía la pena de salir a verlos.

Fuimos, entonces, a una colina próxima, cerca de la cual, sobre la copa de algunos árboles corpulentos, había una legión de monos araguatos o aluates, de color leonado, formando un grupo. A corta distancia de ellos otro mono de la misma especie y de mayor tamaño producía con voz gutural algunas notas que los demás repetían a coro. En efecto parecía como que saludaban con aquellos gritos al sol naciente. Después se dispersaron en varias direcciones, saltando de rama en rama y haciendo alarde de su agilidad y del poder de su musculatura vigorosa. Desde la colina en que me hallaba contemplé con gozo infinito la salida del sol, que se elevaba majestuosamente, como una bola ensangrentada, entre las ligeras y diáfanas brumas en que su propio calor iba convirtiendo el rocío de la noche.

Salida del sol en Los Llanos
Tomo V
Salida del sol en Los Llanos
1871-02-12
Gutiérrez de Alba, José María
Acuarela sobre papel azul
14 x 22,2 cm

Aquel espectáculo no pudo menos de traer a mi memoria las bellas mañanas de mi suelo natal, con su atmósfera pura y diáfana, sus ecos dulcísimos y ese vago placer que se experimenta en las risueñas horas en que todo parece renacer a la vida. La luz de aquel astro había iluminado cinco horas antes los campos de mi patria, en parte cubiertos en esta estación de una espesa capa de nieve; esa misma luz había rielado en el mismo mes del año anterior sobre la superficie del Océano, haciendo brillar la estela que dejaba en pos de sí el vapor que de mi hogar me alejaba. Tomé un ligero apunte de aquel paisaje encantador para hacerlo reproducir más tarde, y regresé a la cabaña cuando me fueron a avisar que el almuerzo estaba en la mesa.

contemplé con gozo infinito la salida del sol, que se elevaba majestuosamente, como una bola ensangrentada, entre las ligeras y diáfanas brumas en que su propio calor iba convirtiendo el rocío de la noche.
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