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Retratos de los indios bisaniguas o Churruyes

Gente 1871-02-07 San Juan de Arama, Meta, Colombia Tomo V
Los indios componían, entre todos, el número de diez y seis, contando las mujeres y los niños; su desnudez era completa, si se exceptúa el pequeño guayuco o taparrabo de los hombres y el furquiná o saco abierto de las mujeres, hecho todo de la corteza del árbol nombrado por ellos tataja. Las mujeres llevaban a la espalda y suspendido de la frente un largo cesto que contenía su menaje y sus provisiones, consistente todo en una tiznada olla, un puñado de plátanos, algunos pedazos de pan de cazabe y babillas asadas, y sobre las caderas, a horcajadas, los muchachos que por su corta edad no podían seguirlos, y que ocultaban el rostro con tenacidad entre el pecho de sus madres.

Los hombres llevaban sólo el arco y las flechas, y los más galantes se tomaban el trabajo de llevar a la cintura la hamaca o chinchorro de cuerda que les sirve de lecho y que con el humo llega a adquirir un color indefinible. Tanto los hombres como las mujeres llevaban pintado el rostro con líneas rojas un tanto simétricas, y ellos particularmente las orejas perforadas y en los agujeros pedacitos de madera a guisa de pendientes. Dos o tres de las mujeres y alguno de los muchachos ostentaban como adorno pesados collares de cuentas de vidrio, de que se mostraban muy orgullosos.

India bisanigua
Tomo V
India bisanigua
1871-02-07
Gutiérrez de Alba, José María
Acuarela sobre papel blanco
25,5 x 16,2 cm

Cuando nosotros llegamos, ya nuestros compañeros les habían comprado algunos ovillos de cuerda o cabuya hechas de hoja de cumare y moriche, y madejas de la misma fibra sin torcer y algunos arcos y flechas. Mi provisión comercial era, pues, inútil entre aquella gente que había ya dispuesto de la suya. Despedímonos de los indios y continuamos nuestra marcha, siempre en dirección al sureste por extensos llanos de forma irregular cercados de arboleda y cubierto el suelo de espesísimas y altas gramíneas, que a veces ocultaban la senda por donde íbamos caminando, y con cuyo roce adquieren los estribos de metal extraordinario brillo.

Los hombres llevaban sólo el arco y las flechas, y los más galantes se tomaban el trabajo de llevar a la cintura la hamaca o chinchorro de cuerda que les sirve de lecho y que con el humo llega a adquirir un color indefinible.

Más adelante, cerca de un rancho medio deshecho, situado en un lugar pantanoso y junto a un arroyuelo de aguas turbias, encontramos otro grupo de indígenas, compuesto de doce individuos, entre hombres, mujeres y muchachos, que en nada se diferenciaban de los anteriores: los mismos rostros imberbes, las mismas líneas rojas, las mismas perforaciones en las orejas, la misma desnudez y el mismo lenguaje gutural e ininteligible. Dos de ellos se distinguían de los demás por las horribles manchas de carate que les daban repugnante y asqueroso aspecto. Como a una legua de allí, y a orillas de otra corriente más cristalina y mucho más caudalosa, encontramos un tercer grupo más numeroso que los anteriores, con su enjambre de perros escuálidos y una caterva de chiquillos agrupados alrededor de una grande hoguera, donde se disponía la comida para la tribu.

Esta comida se componía de algunas tortugas y babillas, cocidas a un tiempo en una enorme cazuela entre un caldo negro y espumoso, la mitad de un guadatinajo asado en las brasas, algunos plátanos verdes y tortas de pan de cazabe. A no ser por los perros que avanzaron hasta nosotros con sus furibundos ladridos, hubiéramos pasado a corta distancia de la mancha de bosque en que se hallaban, sin advertir su presencia; pero los perros los denunciaron, acaso contra su voluntad, y nos dirigimos a su encuentro, hallándolos muy bien dispuestos a recibirnos.

Las mujeres, que eran las más ocupadas en las faenas culinarias, continuaron en su tarea, y, ya por pudor o por respeto a sus maridos, se esforzaban en aparentar que les importaba muy poco la presencia de los extranjeros; pero en sus miradas a hurtadillas y en el cuchicheo que traían unas con otras, daban claro indicio de que el espectáculo no les era del todo indiferente. Los hombres, por el contrario, salieron todos a recibirnos, manifestando en su sonrisa benévola, en su actitud y en algunas frases, que apenas pudimos comprender, su buena voluntad hacia nosotros.

Tampoco entre este grupo y los anteriores se notaba gran diferencia, salvo la de que algunas de sus mujeres parecían pintadas con mayor esmero, sobre todo una más joven y agraciada que las otras, cuyos brazos y pechos estaban simétricamente salpicados de puntos rojos y su cara embadurnada del mismo color con una ancha faja transversal que le cubría desde el labio superior extendiéndose hasta las orejas y llegaba luego hasta la mitad de la frente, semejante a una de esas máscaras que en los días de carnaval usan las mujeres civilizadas. Cambiamos con ellos algunos objetos de nuestra provisión por arcos y flechas, y cuerdas de moriche cumare; nos despedimos con las mayores muestras de amistad y continuamos nuestro camino.

El Piñal, pueblo o ranchería de indios salvajes
Tomo V
El Piñal, pueblo o ranchería de indios salvajes
1871-02-07
Gutiérrez de Alba, José María
Acuarela sobre papel gris
14,8 x 23,5 cm

[...] A eso de las cuatro de la tarde divisamos a lo lejos una ligera columna de humo, que se levantaba entre algunas chozas, y nuestro guía nos indicó que aquél era el Piñal, pueblecito indígena que íbamos buscando . Media hora después, nos encontramos ya entre sus habitantes. Estos salieron a recibirnos en número de unos veinte y tantos, entre hombres, mujeres y niños, preguntándonos en castellano mal pronunciado si éramos gente mansa o gente brava; y habiéndoles contestado que éramos de los primeros, nos tendieron las manos y estrecharon las nuestras con efusión y cariño. Nos dirigimos todos en un grupo hacia su habitación principal, de cuyo fondo vimos salir un indio viejo y tuerto, que parecía ser el jefe, y que no había salido con los demás a encontrarnos, porque era poseedor de una camisa, y no quiso ofrecerse a nuestros ojos sin adornarse antes con aquella gala. Los demás indios le dirigieron algunas palabras en su lengua, y entonces se acercó a nosotros y nos tendió la mano, dándonos al parecer, la bienvenida.

Varios de ellos acudieron a tener de la brida nuestras mulas, mientras nos desmontábamos; ayudaron a nuestros criados a quitar las monturas y a colocarlas en lugar donde no estorbasen, y condujeron con ellos las bestias a un vallecito próximo, donde el pasto era más fresco y abundante. Prestados con la mejor voluntad estos servicios, volvieron muy satisfechos a nuestro lado, mientras el de la camisa, que había estado algún tiempo trabajando en las posesiones del Sr. Uribe, y decía haber sido bautizado con el nombre de Joaquín, nos daba, aunque muy trabajosamente, algunas noticias que sobre él y su tribu le pedíamos. El rancho o cabaña donde nos recibieron tendría como unos 20 metros de longitud, 10 de anchura y 8 de elevación en su centro. Alojábanse en él de ordinario catorce o quince familias, que entre todas compondrían unas sesenta personas; pero la mayor parte de estos habitantes se había alejado hacia las orillas del Güejar, a lo que ellos llaman mariscar, o sea a hacer provisiones de caza y pesca, aprovechando la estación en que las tortugas y caimanes depositan en la arena sus numerosos huevos, y legiones inmensas de peces de todas clases remontan las corrientes de los ríos para verificar el deshove.

Escena entre los indios churruyes o bisaniguas
Tomo V
Escena entre los indios churruyes o bisaniguas
1871-02-02
Gutiérrez de Alba, José María
Acuarela sobre papel amarillo
16,2 x 25,8 cm

Como en estas correrías los indios parten acompañados de su familia entera, no había quedado en el lugar sino aquel reducido número. A corta distancia de nuestra choza veíanse otras más pequeñas de forma cónica y con una estrecha y baja puertecilla; eran el refugio que en ciertas épocas del año tienen que buscar contra los mosquitos que los atormentan, librándose de ellos por medio de la oscuridad y del humo. Siendo excesivo el calor que allí se sentía y encontrándose el tambo abierto por uno de sus frentes, el Dr. Cuervo y yo hicimos suspender nuestras hamacas en los primeros pilares próximos a la abertura; los indios tenían las suyas más adentro, y bajo cada una de ellas había señales de un fuego recientemente extinguido, y que se apresuraron a encender de nuevo, tan pronto como llegó la noche, tanto porque la temperatura de 30 y más grados, durante el día, suele descender muchas veces hasta catorce o quince, cuanto por librarse en parte de la nube de mosquitos zancudos o lanceros que a aquellas horas suele invadir sus viviendas.
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