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Excursión a la Sierra de Luquillo

Geografía 1870-03-26 Luquillo, Puerto Rico Tomo I
Ya asomaban los primeros reflejos de la aurora, cuando nos despedimos de nuestros amigos, montamos a caballo, y comenzamos la, por mí tan deseada, excursión a la sierra de Luquillo, siguiendo las márgenes de un claro arroyuelo, que serpenteaba entre gigantescos árboles, elevadas palmeras y graciosos bosquecillos de plátanos, agrupados siempre alrededor de los bohíos.

Como una hora tardamos en llegar a la habitación del práctico que nos debía guiar en el confuso dédalo de aquel mar inmenso de verdura.

Juan Fuentes, que tal es el nombre de nuestro director de escena, es un jíbaro de 60 a 65 años, de rostro enjuto y musculatura vigorosa. Sus ojos un tanto apagados y la lentitud con que pronuncia un corto número de frases, que le son familiares y que acompañan siempre a la manifestación de todas sus ideas, la dan muy clara de su temperamento y de su educación sencilla y en cierto modo religiosa; pero de esas que hacen consistir la religión en el abuso de algunas palabras, que son como el exordio y el epílogo de todos, hasta sus más breves discursos.

El bueno del señor Juan Fuentes es jefe de una numerosa familia compuesta de su esposa y siete hijos, varones en su mayor parte y que le ayudan ya en sus faenas campestres.

Cuando llegamos a su cabaña o bohío, situado como unos cinco kilómetros dentro de la sierra, ya nos estaba él esperando con otros tres de sus hijos. Su esposa y dos hijas, mujeres ya, y una de ellas con un niño en los brazos, se hallaban alrededor del hogar, en que ardían algunos pequeños troncos, ateridas de frío, sin embargo de que el termómetro marcaba 20° centígrados.
Después de tomar un refrigerio para adquirir fuerzas, salimos del bohío, todavía a caballo; pero a distancia de unos dos kilómetros tuvimos que echar pie a tierra, quedándose un criado con las cabalgaduras, hasta nuestro regreso, y acompañándonos otros tres, cargados con los víveres, dos hamacas, algunas mantas y mis cajas de cartuchos, que aunque fueron inútiles por falta de caza, no eran las de menos peso.

Bohío o cabaña de negros libres en Puerto Rico
Tomo I
Bohío o cabaña de negros libres en Puerto Rico
1870-03-26
Gutiérrez de Alba, José María
Lápices de color sobre papel azul
15 x 23,8 cm

[…] Los primeros pasos fueron dados por el fondo de una quebrada cuyas enormes piedras estaban cubiertas de una ligera capa de musgo, y donde nuestros pies resbalaban a cada instante, como si pisásemos sobre un cuerpo bruñido y untado de jabón o de sebo. Desde allí empezaba el bosque a agigantarse y a ser más compacta la maleza; y como en la sierra toda apenas pasa un día en el año sin que la lluvia caiga en abundancia, la humedad del suelo es tan grande, que no hay donde sentar el pie sin encontrar un charco, un barrizal o una raíz o piedra resbaladiza. La empinada e inacabable garganta por donde íbamos trepando, era como una inmensa escalera, cuyos peldaños tenían a veces más de dos metros de elevación, y entonces era necesario trepar agarrados a las ramas o a las raíces de los arbustos más próximos, que a veces se nos quedaban entre las manos con gran peligro de caer de espaldas al fondo de un abismo.

[…] Nuestros guías y hombres de carga, más acostumbrados que nosotros a aquel aire mefítico, trepaban por todas partes como los cuadrumanos, y sus pies completamente desnudos eran insensibles al cortante filo de algunas rocas y hasta a las espinas de los matorrales. Sin embargo, a veces también se fatigaban, y entonces nos sentábamos todos sobre el musgo empapado en agua, o sobre el tronco de algún árbol viejo y carcomido, que con sus despojos servía de alimento a millares de plantas de diferente forma y tamaño.

Como a la mitad de la primera cuesta nos sorprendió un fuerte chubasco; pero el cielo que no quería que nuestra paciencia se agotase, nos deparó un abrigo debajo de dos enormes piedras, desprendidas de la montaña y detenidas en la mitad de su descenso por otra roca saliente. Allí nos detuvimos como una hora, que no quise desperdiciar, y sacando papel y mi tintero de campaña, la empleé en hacer los primeros apuntes de esta excursión que no me atrevía a confiar enteramente a la memoria.

Mi amigo, el alcalde de Luquillo, iba todavía muy animoso, y ambos nos complacíamos de antemano en el triunfo que íbamos a obtener sobre los obstáculos amontonados allí por la naturaleza.

Cuando cesó la lluvia, gritamos a un tiempo "¡Adelante!" y nuestro viejo guía, invocando continuamente el nombre de Dios y de su madre y gritando "viva la Virgen" cada vez que salvaba un escollo, iba adelante con su machete, cortando ramas y serpenteando entre la maleza, como penetra en ella el robusto jabalí de las montañas de Europa, abriéndose paso con sus afilados colmillos.

A las tres horas de ascensión llegamos por fin a la cumbre del primer estribo donde por fortuna era el bosque menos espeso, y donde el aire y el sol penetraban. Hicimos un alto como de media hora, y, refrescada nuestra frente por la ligera brisa y fortalecidos nuestros pulmones por aquel aire más puro, cobramos nuevo vigor para continuar nuestra penosa marcha.

Desde allí tendimos la vista hacia la segunda montaña que íbamos a escalar, llamada la Sabaneta, que sirve de estribo a otras mucho más elevada, que lo es a su vez de una tercera denominada Buena vista, de la cual arranca la que domina a todas las demás que forman la cadena y se distingue en el país con el nombre del Yunque, punto sobre el cual deseábamos fijar nuestra planta.

Antes de salir a la Sabaneta, teníamos que atravesar otra garganta profundísima. El descenso estaba erizado de escollos, pero no vacilamos, a pesar de que nuestro guía en medio de sus religiosas invocaciones perdió dos veces el camino, que los itinerarios iban abriendo, y tuvimos que retroceder a buscarlo.

Nada es comparable con la majestad agreste de aquellos lugares horribles. A cada paso hay un precipicio; el suelo se hallaba cubierto de una red formada por las raíces salientes de árboles seculares donde hizo mayores estragos el huracán de 1867 y se veía por todas partes multitud de troncos enormes con las ramas en el suelo y las raíces levantadas en alto; montones de árboles tronchados por la fuerza del viento y agrupados por el remolino, formando inmensas pirámides de leña muerta, sobre las cuales se posa alguna vez el Guaraguao, especie de milano, para acechar su presa.

Yo, que muchas veces había admirado como obras de la prodigiosa fantasía de Gustavo Doré sus magníficas ilustraciones del Dante, no he comprendido hasta ahora el profundo estudio que el gran artista ha debido hacer de la Naturaleza.

Por fin atravesamos aquella infernal garganta, y a las dos de la tarde, con los pies molidos y empapados en agua, desgarradas las ropas y jadeando de fatiga, llegamos a la Sabaneta, donde se nos reunieron los dos exploradores que nos precedían, e hicimos alto.

Allí desaparecen completamente los árboles; la vegetación queda reducida a apretados arbustos de retorcido tronco y de uno a dos metros de elevación, se respira un aire purísimo y disfrutan los ojos de un panorama que es más fácil de ser admirado que descrito.

La necesidad de algún descanso y la de tomar algún alimento, pues eran ya cerca de las tres de la tarde, nos hicieron detenernos unos cuarenta minutos, que se emplearon en calentar algunas viandas y hacer un poco de café, que tuvimos que tomar a puya, como dicen en el país, por haberse olvidado poner azúcar en nuestras provisiones. Yo comí muy poco, porque me dolía perder en otra cosa el tiempo que podía emplear en dirigir el anteojo hacia el inmenso y bellísimo panorama que a nuestros pies se extendía.

[…] ¡Qué espectáculo! No lo olvidaré en toda mi vida y doy por bien empleadas las penalidades de mi fatigosa ascensión, que quedaban pródigamente compensadas con sólo un momento de contemplar desde aquella altura el conjunto de las maravillas agrupadas allí por la Naturaleza.

Yo, que muchas veces había admirado como obras de la prodigiosa fantasía de Gustavo Doré sus magníficas ilustraciones del Dante, no he comprendido hasta ahora el profundo estudio que el gran artista ha debido hacer de la Naturaleza.
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