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Un baile de negros en San Juan, Puerto Rico

Fiestas y costumbres 1870-02-28 San Juan, Puerto Rico Tomo I
Al regresar a mi hotel, a las doce de la noche, acompañado de un amigo, llamó nuestra atención una música ruidosa y lejana. Era un baile de negros, que se celebraba al final de la calle en una casa baja alquilada al efecto. Nos acercamos atraídos por la curiosidad, y siendo conocidos de mi amigo, se nos invitó a que entrásemos y después a presidir la fiesta.

El espectáculo tenía para mí una novedad encantadora. En la casa habría unas doscientas personas de color, de ambos sexos, jóvenes en su mayor parte, muchos negros y pocos mulatos. El baile tenía todas las apariencias de un baile aristocrático en parodia. Los negros de frac, corbata y guante blanco; las negras en traje de sociedad, unas con enormes colas, otras con trajes caprichosos en la forma y de abigarrados colores; pero todas de guante blanco y en extremo descotadas. Aquellas figuras me hacían el efecto de las negativas fotográficas.

El baile tenía todas las apariencias de un baile aristocrático en parodia.

La atmósfera impregnada de diferentes perfumes, entre los cuales sobresalía el olor característico del sudor del negro, se hacía casi irrespirable. No obstante, tuvimos que aceptar un sitio de preferencia en el salón y presenciamos varias danzas del país y bailes de sociedad como rigodón, wals y lanceros, corregidos y aumentados con figuras nuevas inventadas por Santiago Andrade, director de la fiesta, cuyos gastos eran en su mayor parte costeados por él en celebridad de haberle caído en suerte 2.000 pesos a la lotería.

Santiago Andrade es un negro retinto, joven, vigoroso, de no escasa inteligencia y de modales finos en su clase. Ejerce el oficio de carpintero; es un buen muchacho, y las negrillas todas le ponían buena cara, en cuanto dependía de ellas. Los demás jóvenes de color eran también artesanos en su mayor parte. Andrade estuvo con nosotros agasajador y en extremo obsequioso, hasta el punto de invitarnos a que bailásemos con las negritas, cosa en ellos no muy frecuente. Después nos hicieron pasar al ambigú, donde se sirvió con profusión el madera, el champagne y la cerveza del norte, a que son muy aficionados, sin que faltasen refrescos de grosella y almendra y agua con panales.

Sirvióse también una especie de empanadillas, que dijeron ser de carne, y un guisado especial con mucha salsa, formado de plátanos y carnes diferentes, constituyendo todo una masa, hecha sin duda en almirez o mortero, en que las sustancias batidas y mezcladas adquieren la consistencia de una masa dura, de la cual hacen bolas del tamaño y forma de un huevo de pava. Esto lo sirven en platos hondos con una cantidad de salsa considerable, y muy caliente, y le dan el nombre de mofongo. So pretexto de una leve indisposición pude librarme de comer y de beber como me había librado, poco antes, de bailar, no obstante que me ofrecían por pareja una muchacha que se puede decir que era la reina de la fiesta.

Juanita, mulata de San Juan de Puerto Rico
Tomo I
Juanita, mulata de San Juan de Puerto Rico
1870-02-28
Gutiérrez de Alba, José María
Acuarela sobre papel blanco
25,4 x 16,5 cm

Llamábase aquella muchacha Juanita, era hija de jíbaros, y sus padres vivían de su trabajo. Juanita tendría unos 17 años, era de estatura más que mediana, esbelto talle, elegantísimas formas y delicadas facciones. Su tez, aunque oscura, no era enteramente negra; tampoco tenía el color aceitunado de los mulatos; su color era más bien el de la raza primitiva del país; esto es, bronceado oscuro, pero de una tersura y una trasparencia admirables. Sus ojos rasgados y negros brillaban con el fuego africano, sus labios se entreabrían para dejar escapar una sonrisa deliciosa y en la morbidez de sus hombros, en las suaves y graciosas líneas que dibujaban su garganta y su espalda y pecho, mal velados por el ligero y blanco tul que le servía de adorno, recordaban ventajosamente para ella, las formas de la Venus de Milo vaciada en bronce, animada por un poder sobrenatural y más perfecta que aquella aun antes de haber sido mutilada.

Yo, que no he sido nunca grande amigo de Terpsícore, me excusé con mi indisposición, y dirigiéndole cuatro frases galantes, la dejaron satisfecha y a mí honrosamente disculpado.

Mientras hablaba con ella y escuchaba su voz dulce y argentina, observé que se le habían roto los guantes, y que esto la contrariaba. Entonces le ofrecí los míos, que, aunque no blancos, eran de un medio color bastante claro; y después de calcular con una mirada si era mi mano tan pequeña que pudieran servir para las suyas, los aceptó con efusión y corrió a mostrar a sus amigas los guantes españoles, que parecían hechos para ella.

Varias cosas llamaron profundamente mi atención en el baile: el orden admirable que reinó en él, sin alterarse un solo minuto; el respeto y consideración (que por lo exagerado tenía mucho de cómico) manifestado en las frecuentes cortesías y cumplimientos que por todas partes se cruzaban; la ligereza de que algunos hacían alarde en sus movimientos, y sobre todo la gravedad con que todos desempeñaban su papel de señores.

Tanto ellos como ellas llevaban en su prendido u adorno algunas joyas de valor. Hasta en eso se distinguía Juanita de sus compañeras. Su traje se componía de una sencilla falda corta de tela blanca y ligera con pabellones cogidos con flores; sobre aquella falda, que dejaba ver el principio de una pierna formada a torno, caía otra más corta, azul, con prendidos iguales a los de la primera, y unos bullones de tul blanco cerrando el descote. El adorno de su garganta, de sus brazos y de su cabeza, cuyo cabello rizado estaba muy lejos de ser la áspera lana del africano, consistía en guirnaldas de pequeñas flores de imitación, que realzaban más aquella tez deliciosamente bronceada.

A las cinco de la mañana nos retiramos del baile, con disgusto de aquellas buenas gentes, que no se habían cansado de obsequiarnos.
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