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Al borde de la muerte

Medios y modos de viaje 1870-01-22 Oceáno Atlántico Tomo I
Amaneció la mañana con el mismo viento que el día anterior. A las ocho próximamente subí sobre cubierta, a sentarme a leer, como de costumbre, en la popa, hasta la hora de almorzar; y encontrando sentado en los bancos que rodean el palo mesana, a D. Francisco Romaní con sus dos niñas Vicentita y Panchita, de 3 y 5 años, niñas en extremo simpáticas, me detuve a hacerles una caricia, y me senté un momento junto a ellas. A los pocos minutos los marineros empezaron a izar la vela escandalosa, para aprovechar todas las ventajas del viento; y, no bien había empezado la maniobra, cuando sentimos un ruido extraño sobre nuestras cabezas, producido por la caída de un cuerpo duro y pesado, desprendido de una enorme altura.

Este era la cadena que sostenía la driza del palo de mesana, y que por la rotura de un eslabón, cuyos pedazos conservo en mi poder, se desplomó sobre el grupo que las niñas y yo formábamos, y a quienes sirvió de escudo mi cuerpo, salvándolas de una muerte segura e inevitable. La mía fue también inminente, porque la cadena, de ocho metros exactos de longitud y de treinta y un kilogramos de peso, cayó desde trece metros de altura sobre mi cabeza, dejándome aturdido por algunos instantes y produciéndome varias heridas y una contusión en el hombro izquierdo. La pérdida de sangre era considerable, pero el capitán, que se hallaba próximo, me condujo del brazo a su cámara, donde el doctor de a bordo me hizo la primera cura, después de la cual bajé por mis pies a mi camarote, me desnudé con ayuda del practicante, y me acosté en mi litera. Todos los que presenciaron el accidente, y podían calcular sus consecuencias, se asombraban de que el golpe no me hubiese ocasionado una muerte instantánea, que era lo natural, dadas las condiciones del caso. Consigno aquí con el mayor placer un recuerdo de profunda gratitud hacia el capitán del buque, el doctor y el sobrecargo por sus ardientes y continuas muestras de afecto, y hago extensiva esta grata memoria a todos mis compañeros de viaje, de quienes recibí iguales pruebas de simpatía.

porque la cadena, de ocho metros exactos de longitud y de treinta y un kilogramos de peso, cayó desde trece metros de altura sobre mi cabeza, dejándome aturdido por algunos instantes y produciéndome varias heridas y una contusión en el hombro izquierdo.
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