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¡Qué espectáculo tan bello se presentó a mi vista!

Geografía 1884-01-02 Maracaibo, Venezuela Tomo XI
¡Qué espectáculo tan bello se presentó a mi vista!. Al este la elevada sierra de Mérida, cuyos altos picos se ocultaban entre las nubes; Al sur y al sureste las bocas del Catatumbo entre las cuales se veía, a flor de agua y sobre las arenas de la playa, innumerables troncos de tamaño gigantesco, que aparecían a la vista como los restos del naufragio de una poderosísima escuadra, y al Occidente el pueblecito del Congo, levantado sobre pilotes, cuya única industria es la pesca y cuyos moradores tienen, por decirlo así, la vida del anfibio. En el grupo de casitas de madera y paja que constituyen el poblado y cuya existencia en aquel lugar parece más bien el efecto de una ilusión óptica que la realidad misma, hay una casa de uno de los pescadores más acomodados, Ángel Piñero, que a fuerza de constancia y de paciencia ha hecho conducir hasta allí tierra de las orillas, que sujeta y apisonada entre los pilotes ha constituido un suelo artificial perfectamente sólido y libre de inundaciones, donde no sólo tiene su vivienda sino hasta un patio en que vegetan algunos árboles.

En una playa baja que hay cerca del pueblo, donde suelen limpiar y preparar algunos su pesca para salarla, vimos una bandada de grandes pájaros designados allí con el nombre de Chicharrones o Camucos; eran alcatraces, que a nuestra aproximación levantaron la cabeza alarmados, y lanzaron al aire su grito estridente semejante a un rebuzno o al chirrido de un gran cerrojo mohoso al rozar contra sus armellas.
 
Aunque los ríos que penetran en el lago llevan a él sus aguas más o menos turbias, el reposo en que entran hace las veces de un filtro; se decantan todas las materias térreas que conducen en suspensión para formar el sedimento del fondo, y ellas quedan claras y potables, porque todavía no se mezclan con la del mar, por ser mucha la distancia que hay desde allí hasta la boca del golfo.
 
Al partir de aquellas orillas hacia el centro de la gran laguna, nuestro horizonte estaba por aquella parte limitado por densas nieblas, que como cortinajes de gas flotaban en la superficie, elevándose hasta una gran altura; las bandadas de gaviotas y de alcatraces cruzaban de un lado a otro como meteoros y se perdían entre la niebla; las toninas saltaban alrededor de nuestro buque, lo cual, según los marineros, era indicio de próxima calma; nuestro pequeño bajel avanzaba lentamente con todas las velas desplegadas e impulsado por una ligera brisa y los marineros aprovecharon la salida del sol para secar sus mantas humedecidas por la lluvia del día anterior y por el relente de la noche.
 
Vista de Maracaibo desde los Haticos
Tomo XI
Vista de Maracaibo desde los Haticos
1884-01-04
Anónimo
Fotografía sobre papel
14,6 x 19,2 cm

La superficie del lago tiene casi en todo él un intenso color verde, y esto es debido a una multitud inmensa de corpúsculos vegetales que examinados con el microscopio se ve que son ovas filamentosas, que no pueden apreciarse a la simple vista y que es necesario separar para beber el agua, colándola por un lienzo algo tupido.
 
Otro de los fenómenos extraños que en el lago se observan es el de los mosquitos, que en nubes de magnitud prodigiosa se levantan formando caprichosas figuras de centenares de metros de extensión, ya en forma de pirámides, ya como penachos de humo de una hoguera inmensa, ya como nubarrones que avanzan a impulso del viento. Estos mosquitos, semejantes a los que acuden a los líquidos en fermentación, de cuerpo muy pequeño, de color blancuzco y alas semitransparentes, son del todo inofensivos, y sólo molestan porque se introducen en la boca con la respiración cuando uno se ve envuelto entre las nubes que forman.
 
[...] La predicción de los bogas se realizó tal como ellos la habían anunciado: a la caída de la tarde la brisa dejó de soplar completamente; la nubes se desvanecieron y evaporaron en la atmósfera, y por primera vez, después de trece años, vi hundirse el sol en un horizonte limpio, sin un celaje siquiera que impidiese admirar la majestuosa desaparición del astro, que al parecer se sumergía entre las tranquilas ondas.

después de trece años, vi hundirse el sol en un horizonte limpio, sin un celaje siquiera que impidiese admirar la majestuosa desaparición del astro, que al parecer se sumergía entre las tranquilas ondas

 Amainadas las velas y abandonado el buque a su propio impulso, pasamos la noche en completa calma, observando el brillo de las constelaciones al través de una atmósfera pura y transparente, sin que turbase el silencio de aquellas líquidas soledades sino el rumor producido por el salto de algún pez, en persecución de su presa.
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