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Año nuevo a bordo de "La Chinca"

Medios y modos de viaje 1883-12-31 Maracaibo, Venezuela Tomo XI
Apenas llegamos, el capitán del San José se informó del tiempo que tardaría en llegar el primer vapor de Maracaibo y de las piraguas que estaban para darse a la vela. El vapor debía tardar por lo menos cinco o seis días, tiempo necesario para acabar de desembarazar la boca del Catatumbo, accidentalmente obstruida, y entre las piraguas había una que estaba ya aparejando para emprender la marcha. Entre dos males tenía que optar por uno: o permanecer una semana en aquel lugar insalubre e incómodo, o embarcarme en un barquichuelo sin comodidades de ninguna especie y sin más recursos que los pocos que llevaban los marineros. Opté por este último, y tomé pasaje en la Chinca, síncope de Chiquinquirá, advocación de la célebre imagen de la Virgen tan celebrada en Colombia, y bajo cuyo amparo y nombre navegaba la piragua.

El patrón, piloto y propietario de la misma, era un hombre de edad algo avanzada, de más que mediana estatura, de carácter franco, de fisonomía simpática y de una calma imperturbable; hablaba pausadamente y con un dejo muy pronunciado; amenizaba la conversación con algunos chistes y agudezas, y sólo se entusiasmaba al hablar de la libertad republicana, de que era partidario fervoroso, aunque católico apostólico romano, como él decía, contribuyente en diezmos y primicias y algo para el dinero de San Pedro, y enemigo in pectore del general Guzmán Blanco, presidente de Venezuela, a quien él y los cuatro hombres que llevaba de tripulación llamaban el tirano.

Muelle de Maracaibo
Tomo XI
Muelle de Maracaibo
1884-01-04
Anónimo
Fotografía sobre papel
16,2 x 22,2 cm

La piragua iba completamente cargada de plátanos verdes, auyamas o calabazas de varias clases, y naranjas, sin acabar de madurar, que es como allí suelen cogerse. La cubierta estaba completamente embarazada con el fogón o cocina, la leña para el consumo, algunas calabazas de enorme tamaño, y media docena de barriles, llenos de agua unos y los otros enteramente vacíos. En la escotilla de proa iba el equipaje de los marineros; en la de popa había un espacio como de un metro cúbico o poco más, donde podría guarecerme en caso de apuro; mi cama debía ocupar un pequeño espacio cerca de este agujero, y de allí casi no podía moverme por los muchos obstáculos que como he dicho había sobre la cubierta.

Apenas entré a bordo, a donde me condujo el mismo patrón en su canoa, tomé posesión de mis reducidos dominios y me instalé en ellos con la resignación del que no tiene en qué escoger sino tomar las cosas según se las presentan. El patrón me preparó mi cama, poniendo algo de su equipaje propio, y se arregló como se pudo mi toldo o mosquitero para evitar la plaga. Aunque la noche era de luna, tardó poco en ocultarse y la oscuridad me impidió apreciar las bellezas de las orillas.

Como íbamos en favor de la corriente, los bogas tenían que trabajar poco con la palanca y sólo necesitaban cuidarse de que el buque no se atravesara y de no dejarlo acercar demasiado a las márgenes. A pesar de eso, por un descuido lo dejaron pasar una vez por debajo de unas ramas, que barrieron la cubierta, arañando la cara a uno de los marineros y desgarrando mi toldillo, sin podérselo llevar, gracias a su poca resistencia. Aquel accidente me hizo pasar el resto de la noche a merced de los zancudos, que muy pronto adquirieron conmigo la más ilimitada confianza, y se hartaron de mi sangre, aunque tuve los brazos en constante rotación como las aspas de un molino de viento.

El rocío de la madrugada era casi como una lluvia, a causa de la enorme evaporación de aquellas selvas. A la hora de salir el sol convirtióse la niebla en una abundante llovizna y tuve que buscar refugio en mi escondite, acurrucándome como pude entre los plátanos verdes; pero la fermentación de la fruta acumulada y el calor que de ella se desprendía eran tan insoportables, que, a trueque de salir de aquella atmósfera, preferí mojarme y me hubiera sometido con gusto a cualquiera otro género de inclemencias.

[...] Entre estos apuros, amaneció el año nuevo, que no se presentaba para mí bajo muy favorables auspicios. 
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