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Fiesta de Corpus en Mariquita

Fiestas y costumbres 1874-06-04 Mariquita, Tolima, Colombia Tomo X
Celébrase en este día la fiesta del Corpus, una de las más importantes del catolicismo, y la población de Mariquita toda entera se manifestaba desde muy temprano dispuesta a tomar parte, más que en la festividad religiosa, en los accidentes profanos que le dan animación y vida. Desde el amanecer, el ruidoso tamboril atronaba todas las calles; feroces gritos se escuchaban por donde quiera, y el sonido de cien campanillas, agitadas violentamente, indicaban a los que de una manera tan dura eran despertados del agradable sueño de la mañana, que una legión diabólica se había apoderado de la población y recorría sus calles en desenfrenado tumulto.
 
Dejamos con curiosidad nuestro lecho; y como el ruido se aproximase, nos asomamos a una de las ventanas, y vimos varios grupos de enmascarados con disfraces tan originales y haciendo tales contorsiones, en medio del grotesco baile que al compás del tamboril llevaban, que no pudimos menos de sorprendernos. Unos iban vestidos con anchos calzones de telas ordinarias y de colores muy vivos, que les llegaban sólo hasta las rodillas y llevaban camisa de otro color, un pañuelo de percal al cuello y un gorro sobre la cabeza, del cual pendía y se agitaba sobre la espalda una especie de cola hecha de filamentos de palma o de fique y teñida también de un color muy vivo. El traje todo estaba adornado de lazos de cinta de diferentes colores, y por complemento llevaban pendientes en los costados varias campanillas y una mucho mayor en la cintura, que, cayendo sobre las caderas, se agitaba con el movimiento del cuerpo y formaba con las demás el acompañamiento del tambor al compás del baile. A estos enmascarados daban el nombre de matachines, y todos llevaban grandes vejigas pendientes de un palo y caretas figurando el rostro de algún animal con cuernos en la frente.
 
Cucambas, fiesta de Corpus en Mariquita
Tomo X
Cucambas, fiesta de Corpus en Mariquita
1874-06-04
Gutiérrez de Alba, José María
Acuarela sobre papel blanco
17 x 10,4 cm
 
Tras de éstos iban otros, vestidos con una especie de capotillos y faldas de hojas de palmera y la cabeza cubierta de un gorro cónico de papel o de trapo; adornado con plumas de todo género de aves, con una especie de pico en la parte central y delantera del gorro, con el cual amagaban golpear a los transeúntes. A éstos daban el nombre de cucambas, y todos llevaban en la mano derecha una especie de sonajeras hechas de un pequeño calabazo o totumo cubierto de fajas de papel de color, con algunas piedrecillas dentro, con el cual seguían los golpes del tamboril y el compás del baile, como lo verifican aún las tribus indígenas con un instrumento análogo a que dan el nombre de maraca.

Los chinitos, fiesta de Corpus
Tomo X
Los chinitos, fiesta de Corpus
1874-06-04
Gutiérrez de Alba, José María
Acuarela sobre papel blanco
10,4 x 17 cm
 

 Tras de las cucambas y los matachines iba otro grupo de muchachuelos de ocho a doce años con gorros cónicos formados de paja, la mitad superior del cuerpo desnuda, pantalones de tela ordinaria a listas azules, bandas de colores vivos y un pañuelo de percal en forma de manto. Estos, a que daban el nombre de chinitos y figuraban indígenas a medio civilizar, iban presididos por otro muchachuelo que llevaba en la mano una especie de bastón, y en la cabeza un gorro chato, adornado en la frente con plumas de pavo real, y los acompañaba otro sin disfraz alguno y con un tamboril en la mano, y un viejo mestizo, que era el director de la comparsa y hacía las veces de maestro de ceremonias.
 
Además de estos disfraces hubo otros de animales diversos, como osos, tigres y leones, que debían alternar en una danza que había de preceder a la procesión que se disponía; pero por desgracia un aguacero formidable, que duró hasta cerca del mediodía impidió que ésta se verificara, y los disfrazados tuvieron que contentarse con recorrer la población, visitando las principales casas, bailando en ellas y recitando versos, tan originales como su disfraz y su danza, trasmitidos unos por la tradición, y otros improvisados por ellos. Uno de los matachines, que tenía su brizna de poeta y era el que más improvisaba, dedicó una copla al dueño de la casa en que posábamos, hincada una rodilla en tierra, como antes lo habían hecho los muchachos medio desnudos, que al recitar los suyos disparaban al aire unos palitos en forma de flechas, con un diminuto arco, signo de su condición de salvajes. La copla del matachín fue más original que todas; arrancó a la generalidad una carcajada espontánea, y yo no sólo la conservé por mucho tiempo en la memoria, sino que la recité en distintas ocasiones a varios amigos, refiriéndoles las curiosidades de mi expedición última. La copla decía de esta manera:
 
 De la montaña salí
 Comiéndome una mogolla ,
 Sólo por venir a ver
 Al señor don Pedro Gómez.
 
 La falta de asonancia por una parte, y por otra la gravedad cómica del indio poeta, hacían sus versos tanto más chistosos, cuanto más persuadido se manifestaba él del mérito de la improvisación, que sus compañeros aplaudían.
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