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Una sagaz lección de urbanidad

Gente 1873-03-09 Caquetá, Colombia Tomo IX
Mientras se disponía nuestra barraca, habíame yo colocado junto a uno de los indios que con grande afán iba amarrando con bejucos las palmas que debían servir de techo. Tanto él como yo estábamos muy acatarrados, lo cual me obligaba a sacar el pañuelo con frecuencia para limpiarme las narices. El indio no tenía pañuelo, pero experimentaba la misma necesidad que yo, y se valía de sus dedos para obtener el mismo resultado. Repugnándome la acción del pobre indígena, repetida de minuto en minuto, me aparté a un lado, murmurando entre dientes del sucio proceder del coreguaje.

Este debió comprender algo, quizás en mi gesticulación, y preguntó a nuestro intérprete, que ayudaba también a la confección del rancho, qué era lo que había desagradado al viracocha , que así se alejaba con señales de disgusto. Cuando el intérprete le explicó la causa, el indio le contestó muy satisfecho, que si era sucio arrojar de sí aquella inmundicia, como él lo verificaba, lo era mucho más el depositarla en aquel pedazo de cusma, y guardársela luego entre la ropa, como si fuese una cosa de gran aprecio. El intérprete no se atrevía, por un exceso de consideración, a darme traducidas las palabras del indio; pero al ver que terminantemente se lo ordenaba, me explicó el razonamiento de aquel hombre, a quien por ahora no me atrevo a llamar salvaje; y esta lección de urbanidad, a que no supe qué responder, dejó en mi ánimo una impresión tan duradera que me fue imposible desecharla en una gran parte de la noche; y desde aquel día no he dejado de admirar, siempre que de ella me acuerdo, la oportuna sagacidad de aquel hijo de los bosques.
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