 |
|
Retrato de Henry Clay Frick
Frick Collection, N.Y. |
|
EL
COLECCIONISMO ESTÁ DE MODA
Por Gloria Cristina Samper
Desde el día de su inauguración, la colección Rau no deja ser visitada por un amplio
público que aprovecha desde el primer momento de la apertura de la Casa
de Moneda en la mañana hasta los últimos minutos en la noche antes de ser
cordialmente invitado por los vigilantes a dirigirse hacia la salida. Definitivamente un
fenómeno sin precedentes en Bogotá: filas de personas esperando bajo la lluvia o el sol
para poder apreciar las 105 joyas que dejó reunidas en una colección, el ojo educado y
afinado del doctor Gustav Rau.
Lo que no sorprende es que estas colas de gente, comparables a las de cualquier museo de
Nueva York o París en verano, se formen para ver una colección privada. Hay algo en una
colección particular que atrae inmensamente. Ellas tienen un aura especial que hace de su
visita algo más que la encantadora sensación de apreciar el arte en un lugar establecido
para ello. Tal vez si viviéramos antes del siglo XIX, cuando se comenzaron a crear los
museos como colecciones abiertas al público y el sentido de coleccionar proveniente de la
ilustración tomó una connotación institucional de acumular y clasificar para el futuro,
no nos encantaría tanto recorrer el conjunto de obras de arte que quedaron reunidas como
un pequeño cosmos por una persona determinada.
Puede decirse que la fascinación que envuelve una colección, además de su contenido, es
esa aura especial que proviene de la historia de la formación de la misma. Esto involucra
los temas de la historia personal del coleccionista, la historia particular de la llegada
de cada pieza a la colección, la pasión detrás de cada adquisición, la pregunta
inevitable de los costos de cada obra y de la colección como un conjunto, pero, por sobre
todo, el ojo del coleccionista que permitió reunir tales obras.
En los casos más afortunados, cuando los herederos no las diseminan por falta de interés
o de dinero, y en general por justa previsión del propio coleccionista, las colecciones
privadas más importantes terminan siendo mantenidas como tales, abiertas al público, ya
sea como parte de un museo (ver la Annenberg Collection de arte
impresionista del museo Metropolitano de Nueva York, por mencionar solo un ejemplo), o
como una institución independiente, como es el caso de las importantísimas colecciones
de Thyssen Bornemiza en Madrid, la Frick Collection en Nueva York, la Isabella Stuart
Gardner en Boston o la Wallace Collection en Londres. Aun así, una vez ingresadas estas
colecciones al dominio de lo institucional, ellas no pierden esa aura que las rodea que
hace que al terminar su visita, el espectador quede intrigado por algo más que las
propias obras que acaba de ver.
Y es que si coleccionar siempre ha estado "de moda", mostrar públicamente las
colecciones privadas se ha convertido en un particualr imán de público en todo el mundo.
Los museos más importantes han incluido en su programación de cuando en cuando o
deberíamos mejor decir, cuando las condiciones históricas o personales lo permiten
la presentación de alguna colección escondida por años, reservada para los ojos
privilegiados de unos pocos.
 |
|
Maurice de Vlaminck
La bailarina del 'Rat Mort', 1906
|
|
Actualmente se
presenta en la Academia Real de las Artes de Londres, una de esas joyas que dará de qué
hablar por varios años. Se trata de la colección de Werner Merzbacher, considerada una
de las colecciones en manos particualares más importantes de arte moderno. Ella incluye
no solo a los grandes nombres de la pintura de las priumeras vanguardias del siglo XX,
tales como Picasso, Matisse,
Modigliani o Kandinsky, sino que de ellos hay piezas fundamentales para la historia
del arte, como la famosa Bailarina del Rat Mort de Vlaminck. Además de apreciar la
colección en su conjunto, resulta intrigante saber que ella fue reunida por un huérfano
de las atrocidades de los Nazi, que escapó a Estados Unidos a hacer fortuna, se casó con
la nieta de un coleccionista ruso y armó esta colección con una pasión desenfrenada por
el color y un dolor por el arte vetado por el régimen Nazi.
Si esto ocurre en Londres y otras ciudades, Bogotá no está alejada de esta tendencia. La
llegada de la colección Rau hace eco a la donación
del maestro Fernando Botero, que tanto nos llena de orgullo, y a la venida de la
exposición de Picasso en el Museo Nacional que también hacía parte de una colección
privada. Esto, sin mencionar el programa del Banco de presentar las colecciones privadas
del país, iniciado con la colección de Don Hernando Santos el año pasado, con la cual
todos pudimos apreciar su avisado "ojo crítico" que unió la historia política
del país con la del arte ; y la colección de la señora Lía de Ganitsky a principios
del 2002, que reveló una coleccionista que creció con una generación y se convirtió en
testigo vivo de ella.
Quedan muchas colecciones por mostrar, muchas colecciones que permiten revelar el interés
y la pasión de una persona en conservar la obra de un artista o de una generación. Pero,
sobre todo, quedan muchas colecciones por formar y muchos coleccionistas por descubrir.
Ellos entenderán, como lo dijera Patricia Phelps de Cisneros en el prólogo del catálogo
de la muestra de su colección Coleccionar en América Latina, "coleccionar es muy
divertido, pero no nos imaginábamos la responsabilidad que suponía el título de
coleccionista. ¿Cómo compaginamos el gusto y la responsabilidad, cómo combinamos la
necesidad del rigor al juzgar, al incluir, al excluir, con ese placer de estar rodeado de
obras hermosas ?, ¿Cómo respondemos a la certeza de que nos debemos también a la
comunidad cultural, al medio de artistas y amantes del arte? Estas son preguntas
frecuentes y quizá nuestra responsabilidad es justamente el hacérnoslas todo el tiempo.
Tenemos que pensar que la colección es otra obra en sí
y no podemos olvidar que
las obras de arte están esperando siempre los ojos de alguien, y que no podemos pretender
que el solo hecho de poseerlas signifique que están hechas para nuestros ojos
exclusivamente".
|